Lejos queda ya la atribución a la gula como pecado capital de la religión cristiana, que situaba a ésta (la gula) en los escritos de la Biblia como una de las primeras tentaciones, tanto de Adán y Eva como de Jesucristo. O la antigua Roma donde tenemos el mayor ejemplo de gula, cuando se comía hasta hartarse para luego vomitar y seguir comiendo.
Hoy, la Gula podría definirse como un deseo de querer más, un deseo desordenado de comer y beber en exceso o en ausencia de hambre o de sed. En una sociedad que tiene que ver más con las diferentes maneras en que el apetito está conectado o relacionado con la defensa contra la angustia y la depresión.
La gula se manifiesta como síntoma, un fenómeno que entraña angustia. Se trata de trastornos del apetito que aparecen en la infancia, en la adolescencia y también en la edad adulta, como inhibiciones del apetito en la edad infantil, la anorexia o la bulimia de los más jóvenes, o en los casos de melancolía, adicción a las drogas o hipocondría en situaciones extremas.
Suena a paradoja que al mismo tiempo que hablamos de obesidad o de un exceso del comer y del beber en la sociedad actual, un alto porcentaje de la población mundial sufra de hambruna, desnutrición y pobreza. Al igual que parece paradójico que siendo la obesidad el problema mayor en los países llamados del primer mundo, surjan la anorexia y la bulimia, una forma de “vomitar” ese exceso de oferta.
Y hablando de paradojas, no menos importante es la de que al mismo tiempo que se postula la recogida de alimentos con destino a los más vulnerables, estemos tirando a la basura comida que hemos comprado en exceso. O el desperdicio que se da en un mundo globalizado donde las cuotas de producción son fijadas por el sistema, al margen de la realidad.
Vivimos en una sociedad patologizada con grandes contradicciones donde los extremadamente gordos y los extremadamente delgados son caras de la misma moneda. Responden a una sociedad cuya única coherencia está en el beneficio que se obtiene, fomentando el consumo en un caso con la venta de productos destinados a consumir estética y en otro generando la necesidad de consumir alimentos entre una variada oferta y porciones XXL, cuyo único objetivo es atraer a los consumidores, más por el mismo precio.
También se podría extrapolar en los tiempos que corren con el consumo en todos los sentidos: consumo de bienes de todo tipo, cantidad de viajes, artículos de confort, viviendas, coches, motos, moda, entretenimiento, salud, cultura o relaciones (gula emocional), todo bajo el lema “solo se vive una vez”.
Por eso si hay algún factor de fagocitación (que se lo come todo) ese es el capitalismo feroz que funciona bajo la premisa de que del egoísmo individual se obtiene un progreso colectivo, cuyo fallo no es otro que el de ser un sistema de recompensas donde no se premia al que genera riqueza y la distribuye sino al que la destruye. Y este desorden en el consumo genera angustia y depresión, síntomas como respuesta a no poder responder al ideal del discurso de la época.
Imagen: Rosa Rosado
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