Se dice que la amistad es una relación de afecto entre dos o más personas; que es un vínculo que se funda sobre un sentimiento desinteresado o que la amistad se elige, donde los lazos consanguíneos son reemplazados por lazos sublimatorios. También se dice que para que la amistad sea verdadera debe cumplir las condiciones de semejanza, reciprocidad y confianza. Buscando algo en común con el otro, esperando una correspondencia mutua y creyendo que el otro actuará de una determinada manera.
Para los filósofos antiguos, la amistad era superior al amor, era una virtud. Aristóteles la clasificaba en amistad por placer, amistad por utilidad y amistad verdadera. Desde un punto de vista platónico, la amistad era vista como un vínculo que se da entre dos almas que persiguen un mismo ideal. La historia de la amistad ha sido examinada por casi todos los filósofos en la búsqueda de un nombre que justifique precisamente qué es lo que nombra la amistad y lo que supone tener amigos.
Cumplir con la triada aristotélica en la búsqueda de la amistad supone entablar amistad con alguien con quien se tiene algo en común. Pero si es así, ¿quien asemeja a quien? ¿Hay alguien que se impone en la relación? Si hay reciprocidad, se trataría de una amistad de ida y vuelta. Es una relación de dar y recibir. ¿Sería entonces una mercantilización de la amistad? Y si solo damos, ¿ya no es una relación de amistad?
Para Nietzsche, al contrario que la amistad desde la perspectiva platónica, los verdaderos amigos son aquellos que tienen sus verdaderos ideales frente a los nuestros. El mejor amigo es el peor enemigo, para este pensador. Es el extraño, quien nos hará conscientes de nuestros defectos, de nuestras ataduras, quien nos sacará de nuestro propio yo. Para él, lo contrario de la enemistad no es la amistad sino la hospitalidad, estar abierto al otro, al que viene, sin encerrarse en sí mismo. Ser hospitalario no significa serlo solamente con aquel que creemos que lo merece, sino que la hospitalidad comienza cuando estamos dispuestos a abrir la puerta siempre, sea quien sea el que viene. Somos conflicto y eso no es malo. Al contrario, el conflicto es útil porque nos ayuda a movilizar nuestro deseo, nos ayuda a cuestionar para seguir buscando. El conflicto promueve la asimetría en las relaciones impidiendo de esta manera la fagocitación del otro en su singularidad.
¿Estará la amistad, al igual que la felicidad, sobrevalorada? O lo que buscamos en la amistad, es que sea algo tan fuerte como para ayudarnos en las situaciones difíciles?. ¿Una fiel compañera que nos guie en el camino del crecimiento personal?. Sea cual sea la respuesta, la amistad, como el amor, requiere de una interacción con el otro en la que se juega la alteridad y las relaciones de poder. Pero…quien es el otro? Puede ser alguien que me impida ser yo mismo, que tampoco, porque la amistad y las interacciones sociales estarían reguladas por las relaciones de poder.
¿Entonces, cómo nos relacionamos con el otro? ¿Qué nos ocurre con lo diferente de lo uno, incluso con nosotros mismos, con nuestras propias diferencias? Porque no somos una totalidad, somos fragmentos de muchos “otros” que están en nuestro interior y que se expresan. Fruto de múltiples identidades. Al mismo tiempo que somos padres, también somos hijos. Y nuestra experiencia nos dice que aquello que censuramos de nuestros padres, lo justificamos en nuestra interacción con nuestros hijos. Que aquello que buscamos o pedimos en nuestros amigos, o nuestra pareja despoja al otro de su/nuestra otredad, de lo singular del otro. Que cuanto más somos nosotros en las relaciones, menos es el otro en su alteridad, y viceversa. ¿Cuánto queda del otro, de su singularidad, si lo que le pedimos que sea es lo que queremos nosotros que sea?
En todo lo que hacemos o en toda interacción social hay siempre una relación de poder, también en la amistad, como en la pareja o en el aula, en el deporte, en la familia…El poder es ejercido como una estrategia de dominación en cualquier relación con el otro. No podemos escapar al poder, no está por fuera de nosotros, nos constituye. El poder no es solo un atributo de la política, el poder no lo ejerce quien puede, sino quien sabe. Y se va instalando hasta normalizarse. Dicen que el poder más eficiente es el que no se ve, aunque cuando se visualiza permite poner a cada uno en la situación en la que está y eso permite un darse cuenta.
Encontrar el equilibrio en las relaciones de amistad pasa por aceptarse mutuamente y evitar ponerse por encima del otro, mediante la negociación y la colaboración, mostrando confianza para que las relaciones funcionen y tanto las opiniones como los intereses también del otro se tengan en cuenta.
Imagen: Rosa Rosado
Un amigo que no está decía que a la amistad, como a las plantas, hay que regarla. Un riego mutuo con la cantidad de agua precisa para no ahogarla ni dejarla morir de sed. Todo un arte, en fin, que el paso de los años ayuda a aprender. Como tantas otras cosas.
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Totalmente de acuerdo. La amistad, como el amor, es un arte, un trabajo que como dices requiere del tiempo para hacerlo realidad. Sabias palabras de su amigo. Un saludo
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