Otro de los pecados capitales, que antiguos testimonios representaban como el primero de los pecados capitales, es la soberbia. La soberbia y su relación con el narciso que nos habita, ese que enamorado de su reflejo no pudo por menos que morir ahogado ante la imposibilidad de separarse de su propia imagen reflejada en el agua.
El narcisismo primario puede dirigirse a la madre en el momento de la constitución del propio “yo” o hacia sí mismo. Cuando esto último es lo que ocurre se forja el humano tipo narcisista quien va a dirigir todo su amor hacia su representación de lo que es, de lo que ha sido o de lo que querría ser. Y en esto juega también un papel importante los padres, al trasmitir a ese ser la fantasía de que las leyes tanto sociales como de la naturaleza no son aplicables a él.
Para el narcisista el amor al otro no existe, a pesar de su poder de atracción, sobre todo por parte de aquellos que buscan el reconocimiento de manera angustiante y se dejan caer en los brazos de quien derrame, aunque solo sean unas migajas, de ese reconocimiento, verdaderas víctimas de la soberbia. La soberbia sería la desmesura del narcisista quien no puede vivir sin el reconocimiento de todos, aunque él desprecie a todos ellos.
Y si los postulados cristianos anteponen la humildad como virtud contra la soberbia, aquellos menos vinculados al credo religioso predicen la más dolorosa soledad como destino para la soberbia o el exceso de narcisismo. Aunque para estos individuos esto no suponga un castigo sino el deseo de todo narcisista, que es el de ser preferido por encima de todo.
A los sujetos soberbios les falta el principio de realidad y por eso se consideran irracionalmente por encima de los demás. Esconden un baja autoestima e inseguridad y por eso expresan de forma exagerada sus fortalezas y cualidades por miedo a ser descubiertos o heridos al mostrar sus puntos débiles.
Si la soberbia en tiempos pasados era el pecado de creer que se puede vivir sin Dios, en la sociedad del ego se promueve la autoestima para enfrentarse al malestar y creer que si quieres, puedes, y que depende de ti, bajo la creencia de que eres tú quien maneja los hilos. Nada más lejos de la realidad, pues somos víctimas de las pulsiones inconscientes.
A menudo, esforzarse por crearse una autoestima exagerada en la que no cabe la idea de que no siempre estamos habitados por cosas tan agradables o tan bonitas, nos aleja de hacernos cargo de la propia responsabilidad en el malestar, en el que el Otro no es siempre el culpable y poder escapar así de la trampa del narcisismo, ese que nos aboca a la guerra con el otro, y poder llegar a relacionarnos de una forma menos hiriente y dolorosa.
Imagen: Rosa Rosado
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