Los comportamientos agresivos que se observan en la sociedad en general, desde el acoso escolar o agresividad de los niños o adolescentes, la violencia machista, la agresividad verbal o crispación de la clase política hasta la xenofobia o intolerancia (incapacidad de convivir) con aquel que piensa distinto, tiene mucho que ver con la construcción de la subjetividad en nuestros días, en relación con los afectos y los vínculos familiares o intersubjetivos.
Los adultos deben ser el sostén necesario de cualquier niño, para permitirle procesar las situaciones que no puede elaborar. Las relaciones padres-hijos, hoy son predominantemente simétricas, a menudo invertidas, lo que puede derivar en niños a quienes les falta la atención o los cuidados necesarios para su desarrollo psíquico.
El papel de los padres es determinante en cuanto a la represión de la agresividad, independientemente de las teorías pulsionales de Freud con respecto a la agresividad innata de todo ser humano contra sí mismo y al exterior. O las de Winnicott sobre la agresión como una fuerza manifestación de la vitalidad desvinculada del concepto de frustración, quien considera que la agresividad es un potencial que trae el niño cuando nace y que se expresará si el entorno lo facilita.
La reacción del niño en determinadas situaciones será de sumisión con dificultades para defenderse o de una agresividad destructiva y antisocial, en las primeras fases de la infancia.
El problema en esta fase no está en la expresión de la agresividad sino en su temprana represión, en la transformación del impulso agresivo primario, para poder reconocer al otro, en agresión reactiva. Para que los niños puedan expresar esa motilidad-agresiva necesaria para su desarrollo, los padres deben evitar satisfacer todos los deseos de sus hijos. Solo así los niños podrán expresar su identidad, diferenciándose de los otros, o los adolescentes en su rebeldía, reafirmando su nueva identidad.
Las conductas antisociales tienen diversos orígenes que se manifiestan en conductas tales como la mentira, el robo, la destrucción, la crueldad compulsiva o la perversión. Todas estas conductas derivan del entorno en el que tiene lugar su desarrollo desde la más temprana infancia. La escuela o otros vínculos posteriores podrían enmendar estas conductas, prestando especial atención en los casos de acoso o violencia escolar, a esa “llamada de auxilio” ante la búsqueda de contención que faltó en su hogar.
Es necesario invertir en la infancia evitando carencias educativas por parte de los padres como falta de vigilancia y de responsabilidad en los niños, disciplinas excesivamente estrictas, desacuerdos entre los padres, falta de interés por las actividades o participación limitada de los niños, o mediante programas escolares que faciliten el desarrollo social en la escuela y contra el acoso.
También, la influencia de los medios de comunicación como agentes de socialización evitando la exaltación de la rivalidad y del éxito conseguida mediante el enfrentamiento.
En definitiva, la educación transversal entre familia, escuela, sociedad o política y medios de comunicación podría favorecer el desarrollo de valores positivos de convivencia y en derivado una menor crispación social cuyo escaparate no escapa a los ojos de la infancia y de la adolescencia.
Imagen: Rosa Rosado
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