La incidencia de la anorexia en los últimos años constituye un reto para los profesionales dedicados a su atención. En su intento de comprensión y de intervención para responder adecuadamente a lo que se considera una epidemia y un tipo de patología propio de la época actual, son muchos los interrogantes en torno a este trastorno, en relación a si se trata de una enfermedad de tipo psicosomático, de un trastorno del comportamiento, de una distorsión de la imagen corporal o de una desregulación del equilibrio narcisista.
Desde el psicoanálisis clásico (Freud) la anorexia se constituye con una serie de síntomas que componen la histeria, aunque también lo asociaba con la melancolía (equiparaba el duelo por la pérdida de la libido, con la pérdida de apetito) y la pulsión oral. Es por eso que se podría hablar de anorexias, si se analizan los casos de forma individual, ya que no se trata de una sola manera de manifestarse, sino que responden a la singularidad de cada sujeto.
Desde la posición psicoanalista se trata de considerar a la anorexia como una configuración clínica, como una presentación en la que interviene el alimento y que es resultado de una particular posición subjetiva con un complejo entramado defensivo y que puede acoplarse a cualquiera de las estructuras psíquicas (neurosis, psicosis, …). La anorexia como formación muestra la radical disociación entre sujeto y deseo, y es precisamente en el síntoma donde se pone en juego el deseo y su conflicto con el goce.
La anorexia como síntoma funciona como una provocación dirigida al Otro, como un interrogante sobre su deseo. El eje central es cómo faltarle al Otro, en otras palabras, cómo poder escribir en el Otro una falta, cómo poder hacerle desear.
Si se tiene en cuenta que la anorexia responde a una dificultad para inscribir la falta y el deseo en el cuerpo, lo que está claro es que se trata de un fenómeno de nuestras sociedades capitalistas, sociedades de la abundancia, del consumo exacerbado donde los productos de consumo son continuamente reemplazados con una cada vez mayor frecuencia, donde cualquier mercancía lejos de inscribir la falta, lo que promueve es el consumo por el consumo.
Esto es impensable en países en donde el hambre, las enfermedades y las guerras son los que predominan. Aunque parece que no es suficiente el carácter social sino que es necesario que opere desde el comienzo en la infancia del sujeto la condición subjetiva, que se haya visto anulada y su cuerpo desprovisto de investimento libidinal.
El trastorno de la anorexia y la bulimia lo podríamos contemplar como una desregulación de la vida instintiva, que se produce en la articulación entre la necesidad y la demanda, considerando la dependencia radical que tiene el organismo humano respecto al cuerpo de la madre. En el trastorno de la alimentación se trata de rechazar el propio cuerpo como una necesidad de rechazar el cuerpo de la madre a quien pertenece ese cuerpo, un rechazo del alimento como un modo de adquirir autonomía y control del cuerpo, propio de la anorexia. Esa desregulación sería la pulsión regulada por el deseo y esa separación entre necesidad y demanda es lo que daría paso a la subjetividad, quedando así el cuerpo a merced del Otro, la madre por ejemplo.
Si la anorexia es un síntoma que habla, que emite un mensaje, se hace necesaria una buena escucha, caso por caso, para que el sujeto pueda hablar de su deseo (no meter nada más en su boca), posibilitando el lapsus que hable de ruptura, de hacerse sujeto. Claro que en la sociedades modernas la posición subjetiva está abocada de lleno a la tarea de ser y seguir siendo un artículo vendible, en las que el cuerpo se vuelve un envoltorio, pero sobre todo se erige como una expresión y emblema de belleza, salud, identidad…es decir como un claro objeto de consumo de la sociedad moderna.
Imágenes: Rosa Rosado
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