Tomamos decisiones todo el tiempo para resolver situaciones del día a día. Decidimos la hora de levantarnos, la ropa que nos ponemos, la ruta que tomamos para ir a nuestro destino, la comida y bebida que vamos a ingerir, etc. Resolvemos de forma automática “problemas” que se nos van presentando. La resolución de problemas en la vida cotidiana es un proceso que nos lleva a aplicar soluciones a diferentes situaciones. Pueden ser sencillas y casi automáticas, para lo que se emplea un sistema de afrontamiento experiencial. Pero también más complejas, o un sistema no automático o racional (a través de la lógica y los datos) que nos va a permitir tomar decisiones tendentes al logro de un objetivo o a resolver una situación.
Sin embargo, a la hora de resolver un problema que presenta cierta complejidad, nos encontramos con algunas dificultades, como es pensar que los problemas se pueden resolver sin considerar todas las opciones disponibles. A veces la falta de tiempo o la costumbre de pararnos a reflexionar, los prejuicios o las limitaciones que nos ponemos, la falta de empatía, la falta de inteligencia emocional o que solo tenemos en cuenta la información menos relevante, dificultan esta tarea. Y también están los problemas o las situaciones cuya solución no depende de nuestra actuación, por ejemplo lo que piensan o sientan los demás de nosotros, lo que hagan o sus comportamientos; la muerte, la nuestra o la de personas cercanas; nuestro pasado, las guerras…
En la resolución de problemas el punto de partida es aceptar que los problemas forman parte de la vida cotidiana. Que es un elemento natural y por tanto que a falta de esta habilidad, su práctica se puede entrenar con tiempo y esfuerzo. El entrenamiento en la resolución de problemas deviene en una mejora en la autoconfianza y autoconcepto personal y que como seres humanos podemos desarrollar esta habilidad y la capacidad para adaptarnos al medio con el que interactuamos. El entrenamiento es útil cuando la persona tiene escasos recursos para afrontar una situación, aunque se maneje bien, o no está pasando por un buen momento y se encuentra en un estado de bloqueo.
La habilidad para resolver problemas debe ser entrenada desde la primera infancia, dotando a los más pequeños de herramientas que les permitan aprender a tomar decisiones. Hay que empezar por enseñarles cómo identificar el problema e ir desplegando los pros y los contras para que él mismo pueda encontrar lo que más le conviene. Es preciso evitar resolver los problemas por ellos, dándoles la oportunidad para que encuentren por sí mismos la solución que les parezca más adecuada. Los adultos debemos ayudarles a pensar, enseñándoles el modelo, y mostrándoles las diferentes opciones y el paso a paso en la resolución.
En un mundo cambiante y de incertidumbre, manejar la resolución de problemas y la toma de decisiones es importante cuando queremos transformar una situación con la que no estamos a gusto, que no deseamos o nos molesta, por otra diferente. La falta de habilidades sociales para resolver problemas en la edad adulta es más frecuente de lo que parece. Pero no es cierto que debamos poseer cualidades especiales para enfrentarnos a una situación. Solamente necesitamos tiempo, exploración interior y entrenamiento.
A la hora de enfrentar una situación es necesario empezar por reconocer y definir cual es el problema, siendo lo más exacto posible. Un segundo paso sería analizar el problema recogiendo el máximo de información. Evaluar posibles soluciones y sus consecuencias. El siguiente paso es elegir entre las soluciones aquella con más garantía de alcanzar el objetivo propuesto, e implementarlas, considerando alternativas para el caso de que no se llegue a lograr. Y por último, si es necesario, hacer un seguimiento para evitar que se vuelva a repetir el problema.
Imagen: Rosa Rosado
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