El miedo al abandono, un obstáculo en nuestras relaciones.

Las relaciones tempranas y las carencias afectivas en la infancia y adolescencia son un factor muy importante con consecuencias en el origen de muchas de las enfermedades mentales. Los primeros 4-5 años son un periodo en el que se reconoce el papel clave que juega la necesidad del niño de sentirse protegido por el cuidador primario. No solo en cuanto a la atención de las necesidades que se satisfacen por medio del alimento, sino atendiendo también a la demanda satisfecha por medio del afecto, por la necesidad de apego.

El abandono en la infancia deja heridas emocionales constitutivas de un trauma en la edad adulta. Y no solo el abandono físico, también el emocional, que consiste en una falta de atención afectiva a las necesidades emocionales en la edad infantil. Una ausencia de respuesta a las necesidades de contacto de los niños por parte de sus cuidadores. Son muchos los indicadores de abandono emocional que van a dejar su huella en la vida del adulto: una reiterada hostilidad verbal, a través de insultos, desprecios, amenazas de abandono o críticas y poco o nulo interés por las actividades que realizan o interesan a los hijos,…La amenaza de abandono por parte de uno de los cuidadores, es como una gota que poco a poco va horadando la piedra hasta dejar una huella no visible tan profunda que puede quedar abierta para siempre. Se trata de un patrón de abuso emocional con graves consecuencias para quien sufre este tipo de maltrato. 

La dependencia emocional en la edad adulta guarda relación con los vínculos de apego o la influencia del ambiente o de los padres o cuidadores en la edad infantil, vínculos emocionales con una gran repercusión en el desarrollo de la personalidad. Las emociones inconscientes y tóxicas relacionadas con las figuras de apego que aparecen en los adultos son el miedo, la rabia, la culpa y la vergüenza. Miedo al abandono, también en la edad adulta; rabia o enfado como mecanismo para no sentir el dolor; sentimiento de culpa por no ser el hijo/a que los padres quieren que sean responsabilizándolos de sus fallos en la vida, y vergüenza por sentirse humillado y sentir que no se merece otra cosa. Los pensamientos y las acciones o la conducta que se ponen en marcha para manejar esas emociones y la ansiedad que lleva asociada derivan en trastornos en la edad adulta. 

Según la Teoría del Apego existen cuatro estilos de apego diferentes en función de la atención que reciben los niños de sus padres o cuidadores en la edad infantil. El niño se siente seguro y confía en el cuidador tras la ansiedad de separación y el reaseguramiento al volver a encontrarse con la figura de apego. Lo que se conoce como estilo seguro. Cuando el niño muestra desconfianza en que el cuidador estará disponible para él, la ansiedad de separación es leve, pero luego hay poco interés en un posterior reencuentro con el cuidador. Esto es un estilo de apego ansioso-evitativo.  En la categoría o estilo ansioso-ambivalente lo que se da es ansiedad de separación, pero sigue habiendo ansiedad en el reencuentro, por eso el niño exagera el afecto para asegurarse la atención. Y por último estarían aquellos que no entran en ninguna de las categorías señaladas dándose un patrón de apego desorganizado, que se da cuando el cuidador o cuidadores actúan de una manera desorganizada, siendo imprevisibles e impredecibles. 

El estilo de apego tiene una gran repercusión en la elección de pareja, también en las relaciones afectivas que se van desarrollando a lo largo del ciclo vital. Porque el amor no es solo un encuentro con el otro, es sobre todo un rencuentro con alguien cuyos rasgos nos remiten a alguna de las figuras de apego de nuestra infancia. Se dice que somos una radiografía de las personas más cercanas de nuestro entorno más próximo. Por eso ante unos cuidadores con un estilo de apego ansiado-ambivalente, o inseguro, con respuestas inconsistentes, esto es, a veces si, a veces no, lo que se produce es miedo al abandono. El niño se acomoda sacrificando su verdadero Ser, mostrándose complaciente para que le quieran. En la vida adulta se mostrará desesperado por la conexión, por tener una relación. O los niños que se han desarrollado con un estilo de apego evitativo, se convierten en adultos a los que les cuesta intimar y confiar y, como estrategia o mecanismo de defensa se mostrarán autosuficientes emocionalmente para mantener una imagen positiva de sí mismos.

En la edad adulta es momento de buscar la ayuda psicológica necesaria para superar, con las terapias adecuadas, las situaciones que activan esas emociones inconscientes tóxicas, separando el yo experiencia del yo observador (como adulto) transitando desde el recuerdo del suceso estresante hasta el momento y el lugar en el que ahora se encuentra, de forma que aquello que ahora se recuerda no está ocurriendo en estos momentos y no va a ocurrir nunca más. Y en última instancia, es conveniente romper el ciclo tóxico, establecer límites claros marcando una distancia de seguridad para no cargar más con ese dolor, recuperar la autoestima dañada, la confianza, la seguridad y la independencia emocional.


Imagen: Dibujo realizado por Pepi Rosado (mi hermana)

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