La compasión tiene más de una cara, puede ser un arma de doble filo ya que el compasivo puede ser reo de su propio dolor y el que sufre quedar en una posición de víctima sin remedio. No hay que confundir el hecho de experimentar sentimientos con sufrir, pues entonces dejaremos de orientar nuestros pensamientos hacia la focalización de esos pensamientos que guían nuestras acciones individuales o sociales.
Para lograr el equilibrio, la compasión debe nutrirse de tres sistemas: el neurológico que regula nuestras emociones, el de reacción ante una amenaza y el sistema de búsqueda de recursos, de manera que seamos capaces de percibir el sufrimiento, de evaluarlo, de sentir la compasión y de actuar para minimizar el sufrimiento ajeno o propio.
La compasión va más allá de la empatía, porque a diferencia de ésta que nos permite identificarnos con los sentimientos de los demás, en la compasión además habría intencionalidad de poner fin al sufrimiento del otro. En la vida cotidiana practicamos la compasión casi sin darnos cuenta: ayudamos a una persona en apuros, enseñamos a quien tiene problemas de aprendizaje o ayudamos económicamente a alguien que lo necesite.
Pero a veces, la compasión, tiene una connotación negativa en nuestra sociedad, para aquellas personas que perciben menosprecio en la actitud compasiva de otras personas. Y algunas otras veces, la compasión, se torna hipocresía, cuando la compasión es ejercida ante una situación concreta (por ejemplo hacia los animales) al mismo tiempo que se cuestiona que los seres humanos en comparación con los animales sean merecedores o no de tal compasión.
En cualquier caso, la pregunta aquí y ahora sería “si la compasión ha desaparecido o está desapareciendo de este mundo”. Y estaríamos entrando en el campo de los afectos, esos que dirigen el destino del hombre hacia los actos. En este caso mediante la aceptación del sufrimiento como emoción. Porque cuando renegamos del padecimiento tanto propio como ajeno, aparece el resentimiento o el rencor y en derivado la revancha o el desquite por las heridas o los traumas experimentados.
Con la venganza o el rencor se bloquea la afectividad y se impide la memoria del dolor, tan necesaria como experiencia, no como barrera. La compasión no es lástima, ni pena o piedad. La compasión implica reconocer la alteridad, oponerse o resistir a las relaciones del poder de arriba abajo y trabajar por la transformación en el seno de la comunidad. Y la autocompasión es la base de la curación emocional para uno mismo en el camino de la recuperación para cerrar las heridas del pasado y comenzar un nuevo proceso que implique aceptar tu humanidad y enfrentar los errores personales con amabilidad.
Imagen: Rosa Rosado
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