Solo con la participación en igualdad de las mujeres en todos los segmentos de la sociedad, como son los espacios de poder, el mantenimiento de la paz, ámbitos de decisión o cualquiera de los espacios hasta ahora dominados por los hombres, o también por un comportamiento de la sociedad machista, venga de donde venga, se puede aspirar a una sociedad más justa, más global, más pacífica y más próspera.
Llegar a esos espacios requiere de la colaboración de toda la sociedad: en el ámbito familiar en el que solo educando en igualdad se puede llegar a crear seres iguales, o en las relaciones de pareja, en las que los roles impuestos cedan terreno a una renuncia de “confort” en un caso, y en otro a olvidar la promesa de que se puede con todo, compartiendo de forma colaborativa un mayor compromiso y compañerismo entre la pareja, que incluya a todos los miembros de la familia.
En el ámbito político, donde la igualdad numérica no lo es todo. Es necesario desarrollar políticas que permitan a las mujeres participar de la vida política en igualdad de condiciones, sin que la vida familiar o la división de tareas domésticas se resienta. A muchas mujeres electas para cargos políticos de alto nivel, a menudo los medios les preguntan cómo van a hacer para combinar la política con la maternidad o la vida familiar. A los políticos hombres, no se les hace esta pregunta.
Los medios de comunicación tienen una gran labor, también, en este sentido. Aunque se perciben cambios en cómo estos medios valoran el papel de la mujer en la sociedad, todavía en los medios masivos, se representa a la mujer como un objeto que sirve para vender un producto (cremas, ropa, productos de limpieza,….). Eso es una especie de violencia. La violencia mediática tiene lugar cuando se hace evidente el mensaje estereotipado que discrimina a la mujer.
Pero si la comunicación ejercida por los medios en la actualidad tiene un gran peso en la sociedad, es una obligación de todos, que las mujeres debemos priorizar, seguir alzando nuestra voz para que la mujer en la sociedad, en la familia, en el deporte, en la política, en los espacios de poder, en la sexualidad, en la vejez y en la cultura en general sea una realidad. Y para que no se resientan aquellos espacios ocupados mayoritariamente por las mujeres, como son el cuidado de los hijos, la dependencia, el cuidado de los mayores, o la responsabilidad doméstica, sean compartidos también por los hombres.
Porque feminista no se nace, es un trabajo de desarrollo, un aprendizaje en el que tanto mujeres como hombres debemos luchar juntos ante una cultura de poder que discrimina a una parte de la población, más de la mitad. Es una cuestión de voluntad, una cuestión de acción más que de teoría, que debemos poner en práctica.
Y no quiero dejar de señalar a la violencia ejercida contra las mujeres por el hecho de serlo. Esta es la mayor lacra de una sociedad, un problema que tienen los hombres y que sufren las mujeres, y que tiene su origen en las estructuras de poder, de asimetría entre hombres y mujeres y una subjetividad masculina socializada por el poder, el control y el dominio. Obstáculos muy difíciles de vencer, hoy más que ayer, dado el espacio común que encuentran el neoliberalismo más salvaje y el patriarcado de siempre. Los hombres no son el enemigo, es el sistema. Si luchamos todos, mujeres y hombres, somos más y el cambio será posible.
Imágenes: Oihana Barato
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