Curar las heridas del alma es un proceso que puede durar eternamente. Ni siquiera el tiempo es, a menudo, el mejor aliado cuando las heridas son demasiado profundas. Y es posible, incluso, que haya heridas que aunque lleguen a cicatrizar, sigan doliendo, como duelen algunas cicatrices físicas aún tiempo después.
Y es que el dolor del rechazo, del abandono, de la pobreza, de la humillación, de la injusticia, del divorcio, de una pérdida, o de una traición, deja en el alma heridas tan grandes que podemos llegar a sentirnos vulnerables, afectados por la frustración, por el enfado o por la pérdida. Debemos iniciar entonces un proceso sin fecha de caducidad, un proceso que nos lleve desde la negación, el enfado o la ira, o el aislamiento, hasta la aceptación del hecho, afrontando o enfrentando el dolor que forma parte de la vida, hasta que ese dolor disminuya y si es posible pueda superarse, o al menos aceptarse, sin esperar a que los demás cambien para tener un vida mejor.
Dicen que cuando nos sentimos heridos no estamos asumiendo nuestra responsabilidad y acusamos al otro de hacernos daño, y es que asumir la responsabilidad significa simplemente sentir la herida, esa que nos hace daño, sin más máscaras. Es importante reflexionar sobre el lugar que asignamos a aquel o aquella que culpamos de nuestro dolor y enseguida ver dónde nos coloca a nosotros ese posicionamiento que hemos otorgado al otro. Si hemos acusado de traición a otro, nuestro posicionamiento, tal vez, nos sitúe en un comportamiento controlador; si acusamos de injusticia, puede que nuestra posición sea la de una actitud rígida; si de abandono, tal vez la dependencia nos ubique a nosotros frente a ese otro.
Y sí, las heridas del alma pueden curarse pero dejan cicatrices que a veces se abren para recordarnos que algo nos está lastimando de nuevo cuando sentimos la traición, la decepción o la indiferencia, heridas que vuelven a doler cuando somos más vulnerables o cuando no sabemos encajar algunas situaciones que nos generan sufrimiento. Se torna difícil esconder la emoción que sentimos en esos momentos y que refleja nuestra conducta o nuestra imagen, mostrando de forma algo torpe sentimientos que van de la tristeza a la rabia y que a menudo dan lugar al malentendido.
Se trata entonces de seguir cargando con la mochila de nuestras experiencias y sentir que las heridas del alma, aunque duelan, nos elevan un peldaño más en nuestra vida. Podemos creer en nuestra capacidad de superar las circunstancias dolorosas que nos impone el hecho de vivir (resiliencia) y rehacernos en relación con el otro para salir fortalecidos de las situaciones más adversas.
Y es que las heridas del alma, como las del cuerpo, duelen, como duele vivir la vida, la que contradice nuestros deseos o la caída de nuestros sueños, por las traiciones, los abandonos, el desamor o la injusticia.
Imágenes: Rosa Rosado
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