Una madre de un niño de cinco años, angustiada, me preguntaba cómo actuar ante el exagerado consumo, que ella no comparte, que se lleva a cabo hoy en las fiestas de cumpleaños de niños menores de doce años. Fiestas que organizan los padres (en el ámbito escolar) y que se celebran casi como se celebran ahora las primeras comuniones. Los regalos son, la mayoría de las veces, desproporcionados; se invita (como no podía ser de otra manera) a todos los niños del aula (25 o más en muchas ocasiones); no faltan las chuches y en exageradas cantidades, para todos; se celebra en espacios en los que no falta de nada, que disponen de juegos, a veces en exceso; en algunas ocasiones se acompañan de actividades que incluyen payasos, músicos,…y un largo etcétera. No hay lugar para la falta. La tendencia es a intentar tapar la falta a cualquier “precio”. Sin olvidar que también los padres que acompañan a los niños tienen su menú. ¿Cuánto puede llegar a costar un cumpleaños así? ¿Qué espera un niño de ese día de cumpleaños? ¿A dónde lleva toda esa desproporción? ¿Qué vacío se busca llenar?.
Pero al margen del coste de una fiesta así para un niño de cinco años, la cuestión fundamental está en el exceso, el despilfarro, en el consumo no responsable. Revertir esa situación y enfrentarla no es tarea fácil. Es difícil “remar contra corriente” y correr el riesgo a quedar excluido del grupo por pensar diferente, pero tal vez valorar qué es lo más importante en estos casos, como es enseñar a nuestros hijos a no confundir necesidad con deseo y gratificación inmediata, sea lo más importante. En realidad ellos no necesitan todo eso, solo necesitan nuestro tiempo, nuestra dedicación y nuestro amor.
Toda esta situación se merece un análisis, una reflexión, donde el primer punto a considerar sería dar ejemplo e influir en los demás, pero sobre todo en los más pequeños, ya que somos su modelo, ya que los niños están escuchando y observando todo el tiempo. Algo a evitar: colmar todos los deseos de nuestros hijos, también los nuestros, y no sustituir el tiempo con ellos por cosas materiales y tan excesivas.
Esta historia “terminó” de la mejor manera posible. Y es que tras compartir las dudas y analizar la situación, los padres de los demás niños aceptaron la propuesta de esta madre preocupada, de recaudar el importe de los regalos más caros y donarlos. Los niños disfrutaron del cumpleaños ajenos a cualquier exceso, jugando entre ellos, disfrutando de la compañía de sus padres, sintiéndose seguros y queridos, agradecidos por lo que tienen y dispuestos a compartir con los que no tienen tanto. La verdad es que ni siquiera notaron el cambio. Esta madre, en concreto, aprendió que cuestionar, disentir y proponer alternativas más responsables en relación al excesivo consumo, no solo ayuda a los niños a crecer en valores, también a los padres a reflexionar y analizar y sobre todo a seguir viviendo sin angustia o con una angustia moderada.
Imágenes: Rosa Rosado
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