Con la palabra por encima de todo

Sorprende a la vez que decepcionan algunos acontecimientos que se están viviendo en la sociedad actual. Hay contradicción, tal vez. Hay algo que no funciona, que no anda. No hay respuestas o hay tantas y tan diferentes que se hace imposible el diálogo. ¿Qué ha pasado con la palabra, esa que hace libres o menos esclavos a los hombres?. Pareciera que ya no es cuestión de derechas o de izquierdas, sino de formas de control social que se retroalimentan dialécticamente, en un sistema político que tiende al fanatismo, tanto de uno como de otro lado.

Como señalara Pascal Quignar en este cambio de coordenadas que atraviesa el régimen neoliberal, que responsabiliza al individuo de su fracaso en lugar de poner en duda al sistema: “Destruir el secreto individual tiene un objetivo político”. Las redes sociales lo saben muy bien, han venido para quedarse como fenómenos de masas, que convencen, condicionan y dejan en la mano del poder la llave que permitiría abrir la puerta a la singularidad del sujeto, a hacerse cargo de su posición de sujeto, no del fracaso del régimen. Porque ese fracaso solo puede imputarse a los gobiernos, de uno y otro lado. Han fracasado porque no saben dialogar, porque son incapaces de aparcar sus diferencias y con sus posturas inamovibles, manipulan y conducen a las masas hacia su destrucción como pueblo.

Sorprende y parece contradictorio, que a pesar de nuestra solidaridad, pues no tenemos dudas con nuestras firmas, de apoyar a las plataformas que defienden los derechos de las personas, del medioambiente, de los animales, de la defensa de los derechos humanos en la inmigración, del derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la dependencia, contra el maltrato de género, a la seguridad. Somos solidarios, voluntarios, ante catástrofes naturales, aunque éstas se produzcan lejos de nuestro entorno. Y a pesar de que nos erigimos en defensores de los lazos sociales frente a la violencia, no dudamos, sin reflexionar siquiera, en adherirnos a uno u otro bando, y en nombre de ese fanatismo, de banderas, de tierras a veces estériles, de uno u otro lado, perseguir, enfrentar e incluso odiar al que piensa diferente. Pero lo más triste de todo esto es que, finalmente, esto se arregla con dinero, es una cuestión meramente económica, como no podría ser de otra forma en el sistema neoliberal capitalista en el que vivimos.

¿Hay cabida hoy, en un mundo más abierto para la independencia? ¿Sabemos lo que queremos hacer con nuestra independencia? ¿Cómo la vamos a usar?¿Para qué? ¿Queremos ser más ricos? ¿Menos solidarios con el resto? ¿No queremos estrechar lazos sociales también con nuestros otros diferentes? Interrogantes que podríamos utilizar para reflexionar antes de tomar partido. En cualquier caso, lo que no se puede es retener a quien no quiere seguir a tu lado, en todo caso hay que convencerle, con la palabra, de que juntos el camino es menos complicado, pero responder con la violencia, solo aleja al otro de nuestro lado. ¿Dónde ha quedado aquello de que “la unión hace la fuerza”?

Es hora de reflexionar, aquí no hay ni vencedores ni vencidos, hay un fracaso total de la sociedad, asistimos más a una fragmentación de la sociedad que a una globalización, esa globalización que las nuevas tecnologías de la información han facilitado y que ahora nos “ahoga”.

Como decía Enrique Pichón-Riviere “En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”.

Es solo una opinión, pero ante tanta barbarie no podía permanecer en silencio. Ojalá alguien se despierte mañana con un mínimo de responsabilidad y no “eche más leña al fuego”.


Imágenes: Rosa Rosado

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