¿Sabías que nuestras suposiciones se basan en la observación que hacemos de las conductas de los otros, cuando en la modulación de los tiempos, en la duda y en el retraso de los otros en responder, aparece esa información relevante que nos llevará a hacer tales suposiciones?. Esta teoría está fundamentada en el uso del “sofisma de los tres prisioneros” y lo que al poner en juego los tiempos lógicos del aserto, como son “el instante de ver” o tiempo para la mirada, “el instante de comprender” y “el tiempo para concluir”, lo que estamos poniendo en juego es la misma constitución de la subjetividad, el nacimiento del sujeto de la verdad.
Estos tiempos coinciden con los tiempos del Edipo, que son también tiempos lógicos, no cronológicos, y que culminarán con la posición subjetiva del sujeto, una vez atravesado el Edipo. Sabemos que la función del Edipo es una función normativa, es la función de instaurar el falo (el objeto de nuestro deseo) y la ley en la cultura como falo simbólico.
En estos tiempos del Edipo, la función de la madre en el primer tiempo es la de colmar su deseo (deseo de ser madre), sentirse completa. Y al mismo tiempo, el deseo del niño es ser el deseo de la madre, así se cumple la función imaginaria de completud.
Después, el que entra en escena es el padre, o la función paterna, que es la que viene a privar al niño de su deseo (la madre). Se produce así la castración simbólica que permite a la madre ser una mujer deseante, una mujer que está en falta, que está castrada y que desea más allá de ese niño. El papel del padre no es otro que representar a la ley en cuanto a la prohibición del incesto, la ley que forma parte de la cultura y que regula los intercambios sociales.
Esta sería la salida del Edipo que una vez producida la castración simbólica, da lugar a la constitución del sujeto como sujeto de la verdad. De ahí la importancia de la función de la madre, y de la función paterna (que no es necesariamente ejercida por el padre) en la posición subjetiva del ser humano.
El Edipo es un paso doloroso que debe dejar atrás un deseo salvaje para ser un deseo socializado, a la vez que la aceptación, también dolorosa, de que nunca podremos satisfacer con totalidad nuestros deseos. Como dijera Freud, el Edipo huye de su destino para volver a encontrarlo. Y aquí estaríamos hablando de la repetición, esa que nos lleva a elegir en la edad adulta, lo que fueron objetos edípicos. Este podría ser el origen de algunos de los problemas de pareja.
Imágenes: Rosa Rosado
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