(de la conferencia “manejo del duelo y afrontamiento de la muerte)
La vida y la muerte han sido siempre y en las diferentes culturas, caras de una misma y única realidad, es decir la muerte es un hecho social vinculado a la vida de una manera natural. Al igual que la soledad que está mal vista en algunos estratos de la sociedad, también al duelo se le ha arrebatado todo atisbo de elaboración como proceso en cuanto a rituales se refiere.
Las diferentes culturas conducen el problema de la muerte de diferentes maneras y son las sociedades las que poseen unas prácticas determinadas para definir unos rituales que faciliten el proceso biológico y social de la separación que afecta al individuo y también al grupo que pierde a este ser. Independientemente del carácter universal de las emociones, las diferencias de hacerlo de una u otra manera se deben a los diferentes ambientes geográficos.
En nuestras sociedades occidentalizadas, hay un vacío cultural sobre el estado del morir, que genera demasiada ansiedad y los enfermos son algo de lo que nadie quiere hablar, ya que el proceso de morir nos ha sido arrebatado por las instituciones, en manos de las que hemos dejado su gestión porque nos sentimos incómodos al despedirnos de los seres queridos. Pocas personas mueren hoy en sus hogares y rodeados de las personas que aman.
También los rituales nos han sido sustraídos y no somos partícipes de las secuencias ceremoniales del proceso. En casi todas las culturas, la muerte de una persona que integra un grupo social, se afronta mediante algún ritual que ayude a tomar conciencia de la pérdida, a expresar las emociones, a simbolizar y asumir los roles de la persona desaparecida y a integrar lo inadmisible de la muerte.
En nuestra sociedad hace ya muchos años, la manifestación del luto era uno de esos rituales, o el velatorio, o el rol de las plañideras…Estos rituales ayudaban a asumir el vacío que deja en el grupo alguno de los miembros. Sin olvidar el negocio económico que genera la industria de la muerte, con esos actos ceremoniosos carentes de sentido de nuestras sociedades, como: los seguros de sepelio que se pagan durante la vida, el mercado de ataúdes, las flores, o las urnas para las cenizas. Rozando lo estrambótico, en los Estados Unidos, se dice, que se comercializa un servicio que permite esparcir las cenizas en el espacio y en Rusia y asociado a las nuevas tecnologías se ofrece un servicio con lápidas interactivas, con pantalla integrada. Y un paso más todavía, con la criogenización humana, un método por el que se somete a una persona a condiciones de frío intenso con el objetivo de preservar su cuerpo en condiciones para ser reanimado en el futuro.
En mi opinión lo importante es el proceso de morir, no la muerte en sí misma. Vivimos en una cultura individualista y desritualizada en el sentido del proceso del morir, y aunque entendamos que morir es parte de la transformación del individuo, escondemos la muerte sin aceptar esta transformación desde un marco con sentido, un marco simbólico que indique tanto al individuo como a la comunidad el momento en el que se encuentran. Es posible que nuestra sociedad encuentre el sentido de la muerte en función de la valoración cultural del cuerpo, es decir, que nos preocupamos en exceso por la parte biológica de nuestro ser en el mundo, y entonces, concebimos la muerte como una derrota final.
También nos aterra mantener un periodo de duelo, por otra parte necesario, porque el tiempo en nuestra sociedad tampoco nos pertenece y este lento proceso del duelo evitaría volver a adaptarnos al desenfrenado ritmo habitual del que formamos parte. El compromiso y el control de la gestión individual de la propia muerte sería una buena manera de prepararse para asumir y al mismo tiempo acompañar el proceso de la muerte, es decir, una manera de reaprender el significado de la muerte.
Las alternativas de ayuda que están surgiendo, la incineración, por ejemplo, como opción a la forma de evacuación tradicional, no tiene todavía un ritual específico, y sigue siendo un acto despersonalizado que a veces responde más a la necesidad de buscar una alternativa que se oponga a la celebración del ritual católico/religioso que a una opción reflexionada.
Es preciso que recuperemos, en nuestra sociedad, los rituales que acompañan a los cambios de estado, como el del nacimiento, el del matrimonio, o el de transición, en el que cada miembro de la sociedad tiene un rol que desempeñar; en el caso del tránsito de la muerte, acompañar al ser querido a separarse de la vida, a los parientes a controlar su dolor, y superar la ruptura asegurando en la sociedad la continuidad de la vida.
Imágenes: Rosa Rosado
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