(de la conferencia “manejo del duelo y afrontamiento de la muerte)
A lo largo de nuestra vida, podemos experimentar diferentes tipos de pérdidas, que no se limitan únicamente a la muerte de un ser querido sino también la pérdida de la salud, una ruptura amorosa, la pérdida de empleo, cuando perdemos la relación con un amigo, también la inmigración, con la consiguiente pérdida de identidad, que en ocasiones conlleva alejarse del país de origen, y también el duelo que se hace cuando nos jubilamos, al término de nuestra vida laboral…y cada una de estas pérdidas conlleva un proceso de duelo en el que la persona deberá no solo aceptar esta nueva realidad, sino reacomodarse a ella de una manera saludable, es decir que el duelo se complete con éxito, lo que llamamos duelo normal.
Pero no solo se hace el duelo en la edad adulta por las renuncias que debemos hacer como parte de nuestra maduración en la vida. De hecho las pérdidas son continuas a lo largo de nuestra vida.
El nacimiento es la primera y más dolorosa separación. Las pérdidas que conlleva el propio crecimiento: En la infancia, los niños también tienen que hacer el duelo cuando no les queda otra que renunciar a la imagen que tienen de sus padres como solucionadores de todos sus problemas, lo que se llama la caída del padre ideal. En la adolescencia, renunciando a la identidad infantil para acomodarse a la nueva etapa y madurar en su relación con los adultos. También aquí los padres tienen que hacer el proceso de duelo por la necesidad de reformulación de las relaciones padres-hijos que de repente se convierte en una relación extraña, en la que los hijos tienen una actitud más reservada.
Se hace también el duelo cuando uno deja a los padres para casarse, o para iniciar una nueva relación o simplemente para independizarse. También los propios padres cuando su vida se ve alterada porque los hijos salen del hogar, el nido vacío, que ya vimos en la charla sobre el sentimiento de soledad. Y también se hace el duelo por la pérdida de bienes materiales; por la pérdida de la propia cultura al emigrar; por la pérdida de vínculos afectivos; por la enfermedad, y la muerte como pérdida más temida.
Imágenes: Rosa Rosado
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