A lo largo de la historia, el papel de la mujer ha transitado entre la invisibilidad y la limitación al rol de madre y esposa, sin reconocimiento pleno como persona con derechos propios.
Hoy, en pleno siglo XXI, hemos avanzado mucho. Pero todavía necesitamos un espacio crítico y activo que siga defendiendo la igualdad real en todos los ámbitos: educativo, laboral, familiar, político y social. La igualdad no es un logro definitivo; es una construcción diaria.
El feminismo sigue siendo necesario para proteger los derechos conquistados y evitar retrocesos. Vivimos en una era de polarización digital y desinformación, donde con frecuencia circulan mensajes extremos y datos falsos que alimentan discursos antifeministas y generan confusión, especialmente entre los más jóvenes.
Algunos chicos y hombres pueden sentir que las políticas de igualdad les perjudican o que “pierden derechos” para que otros los ganen. Esta percepción, unida a la crispación social que normaliza conductas agresivas, dificulta el diálogo y el avance hacia una sociedad más justa. Pero la igualdad no funciona como un juego en el que uno pierde para que otro gane. Cuando una sociedad es más igualitaria, todos ganamos.
En lo que va de año, más de diez mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en nuestro país. Este es el desenlace más extremo de una violencia que antes fue psicológica, económica, sexual, digital o física. Una violencia que tiene su raíz en la desigualdad histórica, en los estereotipos de género y en relaciones de poder que aún arrastramos.
Por eso la educación es clave.
Una educación transformadora comienza en la infancia y es responsabilidad de padres, madres, docentes, medios de comunicación y responsables políticos. Implica repensar los roles de género, ofrecer modelos de relación afectiva basados en el respeto, integrar a niños y niñas en todo tipo de tareas, dialogar en casa y visibilizar referentes femeninos que reconozcan el papel de las mujeres en la sociedad.
También implica revisar nuestro lenguaje. Las bromas machistas, los comentarios despectivos o el silencio ante actitudes discriminatorias no son inocentes. Educar es intervenir.
Durante la adolescencia, el acompañamiento es fundamental para desmontar mitos del amor romántico. Controlar el móvil de la pareja no es amor. Los celos no son una prueba de afecto. El respeto y la libertad sí lo son.
Y aquí es donde las nuevas masculinidades tienen un papel esencial.
Ser hombre hoy puede significar cuestionar los modelos tradicionales que asocian masculinidad con dominio, dureza o falta de expresión emocional. Puede significar corresponsabilidad en los cuidados, rechazo explícito a la violencia y compromiso activo con la igualdad.
No se trata de enfrentar a hombres y mujeres, sino de caminar juntos hacia una sociedad más justa, segura y humana para todos.
Porque el 8 de marzo no es solo una fecha para reivindicar derechos de las mujeres. Es también una invitación a que los hombres formen parte de la solución. La igualdad no enfrenta a hombres y mujeres. Nos invita a crecer juntos.
Educar en igualdad no es una opción. Es el mayor acto de amor hacia nuestros hijos e hijas.
Tiene tres cosas muy potentes:
- Habla de responsabilidad sin culpa.
- Conecta con el amor como motor
- Invita a la acción sin confrontación.
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