Gigantes que asustan, brujas malvadas, lobos que acechan en el bosque…
A simple vista, podrían parecer solo personajes de ficción. Sin embargo, para un niño, representan mucho más que una historia antes de dormir.
Detrás de cada gigante hay un miedo.
Detrás de cada bruja, una angustia.
Detrás de cada lobo, un conflicto que necesita ser comprendido.
Los cuentos tradicionales no solo entretienen: ayudan a los niños a dar forma a sus emociones y a descubrir que, incluso en medio del peligro, es posible salir adelante.
La educación empieza mucho antes de lo que creemos
La educación en las primeras etapas del desarrollo no consiste solo en enseñar normas o hábitos. Es el momento en el que se construyen las bases emocionales y personales que acompañarán al niño toda la vida.
En este proceso intervienen muchos agentes: la familia, la escuela, el grupo de iguales, la sociedad. También los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, que cobran especial fuerza más adelante, en la adolescencia.
Pero en los primeros años hay algo claro: la familia es el principal referente.
En casa se transmiten valores como la responsabilidad, el esfuerzo, la solidaridad o el respeto. Y no tanto a través de discursos, sino del ejemplo cotidiano.
Antes de que lleguen otros modelos externos, los padres somos el espejo en el que los hijos se miran.
El papel invisible de los cuentos
En la infancia, la literatura se convierte en una herramienta extraordinaria. A través de los cuentos, los niños:
- estimulan su imaginación,
- organizan sus emociones,
- elaboran miedos y conflictos,
- comienzan a construir su identidad.
Pero no cualquier historia cumple esta función. Para que un cuento tenga valor psicológico debe conectar con el momento evolutivo del niño: con sus temores, sus celos, su necesidad de seguridad o su deseo de autonomía.
Aquí es donde los cuentos tradicionales adquieren una importancia especial.
Por qué los cuentos clásicos siguen siendo necesarios
A veces pensamos que es mejor contar historias más “suaves” o modernas, evitando temas como la muerte, la pérdida o la maldad. Sin embargo, los niños ya perciben esas realidades, aunque no sepan nombrarlas.
El psicoanalista Bruno Bettelheim, en su obra Psicoanálisis de los cuentos de hadas, explicaba que los cuentos tradicionales permiten al niño dar forma simbólica a sus angustias profundas. No se trata de asustar, sino de ofrecer un espacio seguro donde elaborar conflictos universales como el miedo al abandono, la rivalidad entre hermanos o el sentimiento de injusticia.
El gigante, la bruja o el lobo no son solo personajes externos: representan obstáculos internos que forman parte del crecimiento.
Además, estos cuentos presentan con claridad el bien y el mal. Esta polarización ayuda al niño a organizar su mundo emocional, especialmente porque aún no dispone de pensamiento abstracto, tal como describía Jean Piaget en sus estudios sobre el desarrollo cognitivo.
En los cuentos hay un mensaje constante:
las dificultades existen, pero pueden superarse.
Cuando un niño pide el mismo cuento una y otra vez
Muchos padres se preguntan por qué su hijo quiere escuchar la misma historia repetidamente.
La respuesta suele estar en su mundo interno. El niño no repite por casualidad: repite porque está elaborando algo.
Tal vez se identifica con el héroe.
Tal vez necesita vencer un miedo.
Tal vez está enfrentando celos, inseguridad o ansiedad.
Solo el propio niño puede señalar qué historia necesita en cada momento. Y cuando deja de pedirla, normalmente es porque ya ha integrado aquello que estaba trabajando.
Por eso, más que imponer lecturas, conviene seguir su interés.
Lo que un niño puede comprender
Con frecuencia intentamos explicar de manera racional lo que le ocurre a un niño. Pero su capacidad de comprensión depende de su etapa evolutiva.
Los cuentos, con su lenguaje simbólico, permiten que el niño entienda desde la emoción lo que aún no puede procesar de forma abstracta. Le ayudan a identificarse con los personajes y a descubrir que, como en las historias, siempre hay una salida posible.
Leer cuentos no es solo entretener ni llenar el silencio antes de dormir.
Es ofrecer al niño un lenguaje simbólico con el que comprender sus emociones y afrontar sus miedos.
Porque a veces, un cuento dice mucho más de lo que cualquier explicación podría lograr.
Imagen: Creada con IA
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