El vacío que no se llena comprando.

En estas fechas, la presión social hacia el consumo parece multiplicarse. Entre anuncios, ofertas relámpago y el famoso “solo hoy”, todo nos empuja a comprar como si no hacerlo fuera casi un acto de rebeldía. Basta con entrar en una tienda o abrir cualquier red social para sentir esa llamada constante al gasto.

Mientras tanto, también aparecen voces que intentan despertarnos —incluidos quienes nos dedicamos a reflexionar sobre estos temas— recordándonos que la felicidad no viene en un paquete. Pero esos mensajes, seamos sinceros, suelen durar menos que el entusiasmo por ese objeto que nos prometía cambiar la vida.

Pensemos en ejemplos sencillos: ese juguete «imprescindible», una nueva versión de móvil, unas zapatillas «de edición limitada», una camiseta que no necesitamos…

Vivimos con una especie de receta consumista: comprar, sustituir, volver a comprar. La sensación de novedad pesa más que la durabilidad. Y sin darnos cuenta generamos un enorme “basurero emocional y material”: objetos que dejan de ser deseados incluso antes de que dejemos de pagarlos.

Solo hay que entrar en las aplicaciones de segunda mano para verlo claro. Se venden juguetes sin estrenar, electrodomésticos todavía en su caja, ropa con etiqueta… Todos convertidos en obsoletos prematuros. Es como si la emoción de obtener algo nuevo durara menos que la batería del propio dispositivo.

Ante este panorama nace el “Día de No Comprar Nada”, un recordatorio de que el consumo irresponsable tiene un impacto real: sobre el planeta, sobre nuestro bolsillo y, por supuesto, sobre nuestro bienestar. Nos invita a pensar en que la felicidad no se encuentra en acumular, sino en construir vínculos, compartir experiencias y disfrutar de lo que ya tenemos.
Por ejemplo:

  • Cambiar un regalo material por una tarde de juegos en familia.
  • Transformar la obsesión por tener lo último en una conversación con los hijos sobre lo que realmente necesitamos.
  • Reemplazar la compra impulsiva por el hábito de revisar lo que ya tenemos antes de añadir algo más.

Pero, como ocurre con tantos “Día de…”, su efecto se diluye rápido. Al día siguiente, la maquinaria publicitaria vuelve a engrasarse y nosotros retomamos el ritmo frenético.

Porque sí, el vacío no se llena comprando. Especialmente cuando el deseo inmediato manda, cuando buscamos llenar vacíos con objetos o cuando la novedad se convierte en una especie de emoción fugaz que necesitamos repetir una y otra vez. Es una rueda que nunca se detiene… a menos que decidamos bajarnos de ella conscientemente.


Imagen: Creada con IA

2 comentarios sobre “El vacío que no se llena comprando.

Agrega el tuyo

  1. Hola Rosa,

    Que bonito decir y que difícil hacer.

    Me confieso pecador, en estos días de «ofertas» he caído en la tentación y he comprado como un consumista mas (que es lo que soy), no sin ton ni son, pero si con cierta ansia.

    La verdad cuando te haces jubilado, ciertas reglas ya no son tan importantes y además no tienes hijos cerca que educar, eres mas «libre».
    Pasa un precioso fin de semana.
    Un abrazo

    Luis Mari

    Me gusta

    1. Hola! Confesión por confesión: también yo he caído en los brazos de Dionisio. Es difícil escapar, pero tengo la obligación moral de decir aunque sea complicado hacer. Y como bien dices a estas alturas somos algo más flexibles y menos exigentes con nosotros mismos. Un abrazo

      Me gusta

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑