¿Y si no necesitamos ser felices todo el tiempo?

¿Cuántas veces hemos escuchado —o nos hemos dicho— eso de “hay que vivir el momento”? Pero… ¿qué significa realmente? ¿Que debemos olvidarnos del pasado, de nuestras experiencias, de lo que nos ha formado como personas? ¿O que hay que dejar de pensar en el mañana, en lo que vendrá, en cómo afectará a los que amamos? ¿Nos están diciendo que para ser felices tenemos que apagar la parte de nosotros que proyecta, que sueña, que cuida del futuro?

La felicidad no es lo mismo para todos. Depende de la cultura, de la personalidad, de la historia de cada quien. Y eso de “vivir el momento” es algo completamente subjetivo. No es una receta mágica. Para algunas personas, ese momento presente está lleno de responsabilidad, de memoria, incluso de dolor. Porque la vida no es solo alegría: hay fracaso, soledad, culpa, miedo… aunque también deseo, oportunidad y amor. Todo eso forma parte de existir.

Solo desde lo que somos —con nuestras luces y sombras— podemos reconocernos de verdad. Y solo aceptando esa verdad podemos empezar a vivir el presente de forma auténtica. Aceptar no significa resignarse. Significa vernos con honestidad, reconocer lo que podemos cambiar y lo que no, y desde ahí, elegir cómo vivir. Eso sí es “vivir el momento”.

Lo que pasa es que hoy en día, sobre todo en las sociedades del primer mundo, la presión por ser felices es brutal. Si no logramos todo lo que supuestamente deberíamos tener —esa pareja perfecta, ese éxito profesional, ese cuerpo ideal, ese estilo de vida de revista— nos sentimos mal. Ansiedad, frustración, tristeza… Como si no tenerlo todo nos convirtiera en fracasados.

Y no solo hablamos de cosas materiales: también consumimos relaciones. Amistades, vínculos familiares, parejas… Todo al ritmo frenético de esa búsqueda de felicidad constante que, paradójicamente, nos aleja de nosotros mismos. En el camino, vamos dejando atrás valores fundamentales: la compasión, el perdón, la empatía, la paciencia.

Porque al final, la felicidad está muy relacionada con la falta. Con eso que sentimos que nos falta para ser felices. Y esa falta, por suerte, nunca se llena del todo. Porque de ahí nace el deseo. Y sin deseo, no hay movimiento, no hay aprendizaje, no hay crecimiento.

La felicidad no es una meta que se alcanza y ya. Es el proceso. Es el camino. Es animarse a vivir con preguntas sin respuesta, con deseos que se transforman, con momentos de luz y también de sombra.

Tal vez no se trata de ser felices todo el tiempo, sino de aprender a estar presentes, incluso cuando la vida no es perfecta. ¿Te lo habías planteado así alguna vez?

Quizás no estamos tan perdidos por no ser felices… sino por creer que deberíamos serlo todo el tiempo.


Imagen: creada con IA

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