Si, las etiquetas sirven para categorizar, organizar la información y facilitarnos las tareas, haciendo más simple la realidad. Pero vivimos en una sociedad que necesita poner etiquetas o dar un nombre a cada comportamiento de forma sistemática. Esto no hace sino limitar y condicionar todo lo que hace el individuo. Cuidado con las etiquetas que ponemos en la infancia, porque no son más que juicios que hacemos las personas en función de nuestros esquemas aprendidos y se corre el riesgo de definir en lo que se va a convertir una persona en su edad adulta. Sin olvidar el gran impacto que tienen en el desarrollo de la autoestima y la personalidad.
Es preciso diferenciar entre las etiquetas diagnósticas y las etiquetas sociales. Aunque las etiquetas diagnósticas, utilizadas por los profesionales de la salud, pueden ayudar a conseguir el bienestar de las personas, también pueden tener un impacto negativo, por las dificultades de ser integrado socialmente y tener acceso a oportunidades, ademas de causar aislamiento, una autoimagen negativa e incluso reducir la experiencia de la persona a una serie de síntomas. Las etiquetas sociales están directamente relacionadas con los prejuicios de las personas y pueden perpetuar estereotipos, y afectar a la interacción social.
Cuando nos identificamos con alguna de las etiquetas diagnósticas, cada vez más personas recurren al autodiagnóstico a través de las redes sociales o del Doctor Google o tik tok (lo que se conoce por cibercondría) poniendo una etiqueta a un malestar o un síntoma determinado. Es muy arriesgado y puede llevar a sobreestimar o subestimar un problema provocando grandes daños si se decide uno a seguir un tratamiento por cuenta propia, bien sea mediante automedicación o a través de los mal llamados libros de autoayuda. Este recurso (la autoayuda) ofrece soluciones demasiado simplistas y universales. Sirve igual para un sujeto que para otro y si hay algo que nos caracteriza es la singularidad. Somos únicos e irrepetibles. Los libros denominados de autoayuda pueden, simplemente, orientarnos hacia ciertos objetivos. Puede ser una herramienta útil para algunas cuestiones de la vida cotidiana, como el miedo a hablar en público, el estrés o las preocupaciones excesivas.
Sin embargo existen situaciones en las que es imprescindible acudir a un profesional cuando el trastorno es grave (una esquizofrenia, una depresión mayor…) o cuando un problema nos incapacita en el tiempo para llevar una vida sana y necesitamos buscar la brújula que nos oriente. También cuando no somos capaces de controlar nuestras emociones o simplemente buscamos un lugar en el que ser escuchados sobre temas que nos preocupan.
En estos casos, el diagnostico profesional se lleva a cabo mediante una intervención que incluye un estudio conjunto del esquema cognitivo, conductual, ambiental, social y biológico de cada persona, evaluando todas las variables en profundidad para trabajar de manera conjunta los conflictos o problemas internos que afectan de forma negativa la realidad de cada persona. Y en los casos que sí es necesario un tratamiento farmacológico, trabajando de forma interdisciplinar conjunta para conseguir la mayor eficacia en el tratamiento.
Expertos de la Fundación Cruz Roja alertan sobre el autodiagnóstico digital y la desinformación emocional que tienen un grave riesgo para la salud mental (https://www.diariovasco.com/egia-guztia/detector/cruz-roja-alerta-creciente-autodiagnostico-redes-sociales-20250604161032-nt.html).
Imagen: creada con IA
Deja un comentario