La infidelidad es hacer un mal uso de la confianza que se ha depositado en el otro de la pareja, o de una relación cuando uno de los dos inicia relaciones afectivas y/o afectivo sexuales con un otro, alguien más. Pero también puede ser, además de afectiva o física sexual, emocional, por venganza, encubierta, a través de las redes sociales, improvisada, crónica…Casi siempre, la infidelidad supone un acto de traición para el otro de la pareja, salvo en el caso de las parejas abiertas o de pactos explícitos a los que se ha llegado al inicio de una relación.
Estar en pareja antes, implicaba una identificación con el otro, en la que el respeto, la lealtad o la exclusividad cumplían una función, y era la de perpetuar una relación en la que primaba el nosotros por encima de la individualidad. Pero hoy esto ya no esta asegurado. Hoy, en la relación de pareja, son dos individualidades que se han unido en un vínculo que, para que funcione es necesario llegar a acuerdos en la manera en la que nos entregamos, y que nada tiene que ver con el compromiso mutuo, sino con reglas establecidas en el seno de la pareja.
La infidelidad en las relaciones ha aumentado considerablemente en los últimos tiempos, más, si tenemos en cuenta las redes sociales donde, aunque sea de manera virtual, nos iniciamos en la fantasía como un sostén emocional y que a veces culmina en un pasaje al acto. Algunos autores consideran que más que el deseo, lo que está en juego en una infidelidad es el miedo a que se acabe la relación. En las parejas del Siglo XXI podemos ser dejados, acusamos el miedo al abandono y la relación puede terminar en cualquier momento.
Y a veces, la infidelidad también tiene una cara B y es la fidelidad hacia uno mismo, a los deseos propios. ¿Se opta entonces por ser infiel a uno mismo para seguir siendo fiel al otro de nuestra relación, con quien hemos establecido un contrato o un compromiso? En esta disyuntiva hay quien opta por buscar estrategias para poner en equilibrio ambas opciones. Sabemos lo que se juega cuando se pone en acto un deseo con el que hemos fantaseado y que casi siempre acaba en ruptura. Y es que, como para Rolón (Gabriel Rolón) ser fiel es más difícil que ser infiel, ya que la fidelidad debe enfrentarse a la fuerza del deseo, que no se detiene aún estando enamorados, presentando así una batalla a la tentación en pos de algo que considera mejor para sí mismo.
Somos infieles por naturaleza, y somos monógamos por convenciones sociales. Todos los días vemos personas que nos gustan o nos atraen sexualmente, pero, casi siempre, renunciamos a estar con un otro porque queremos mantener el vínculo que hemos elegido en un momento dad.. Eso es lo que hace especial a la pareja. Se trata de un asunto personal. Una elección. El sujeto fantasea continuamente pero eso no es infidelidad. Eso no nos convierte en infieles si no pasamos al acto. A veces la fantasía facilita poner en juego el erotismo. ¡Bienvenida sea la fantasía!
Y en la infidelidad como en otros fenómenos humanos, no siempre elegimos, pues las relaciones con los objetos primarios (nuestros padres, tutores…) son fundamentales para la estructuración subjetiva y van a guiar nuestros primeros pasos en los vínculos afectivos. Aquellos sujetos que siempre están en falta, o siempre “quieren más” evidencian una relación con la infidelidad que son propios de cada sujeto en su historia personal, su relación con la figura paterna y materna, con los objetos de su entorno, con el valor propio (cómo se percibe a sí mismo), cómo se maneja con su falta (insatisfacción); la influencia que tiene el otro sobre sí mismo; la revalidación o los celos; o la necesidad de dependencia.
Imagen: creada con IA
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