A las puertas de la Navidad vuelve esa sensación de consumo exagerado o descontrolado, o ese sentimiento de llegar a ser (o estar), consumidos por la propia Navidad. Pero… ¿no es esto solo, un reflejo del resto del año, de cómo vivimos nuestro día a día?. Vivimos en la ambivalencia, de forma paradójica, entre lo que supone el consumo descontrolado para el planeta y lo difícil que se torna poder escapar de esta sociedad de consumo de masas, donde toda oferta se ha adelantado a la propia oferta. Además del Black Friday ya hay un pre-Black Friday, una Blue Week, o Black Week, un Ciber Monday, pre rebajas, rebajas…hasta un Black November (por si se queda corto).
Ofertas irrepetibles con una duración determinada que invitan (incitan) a consumir de forma compulsiva. La Navidad empieza sin que haya acabado el verano. Las luces se encienden mientras la vida (la del planeta) se apaga, a la vez que se apagan las (luces) de nuestro interior. Y para sentirnos menos consumidores o consumidos por este rito social que es la Navidad, nos disfrazamos de un espíritu navideño que toma la forma del amor, la solidaridad, los buenos deseos y, otros afectos que justifiquen ese deseo de consumir.
Si hay una fecha en la que poner a jugar nuestros deseos, esa es cuando un año da paso a otro. Y no deja de ser curioso que cuando el consumo alcanza su máximo, nuestros deseos vayan por otro camino (especialmente si ya tenemos lo que deseábamos). Cuando nos hacen pensar (los deseos) en aquello que nos haría mejores, más felices,….sean estos (los constructos) que primero aparecen: el amor, la felicidad, el bienestar, la salud, el equilibrio…también la incertidumbre, el miedo, la pérdida…Todos ellos conceptos que transcienden a cualquier época, situación, etapa, contexto o lugar del planeta habitado.
Por eso cuando de la felicidad se trata, es preciso tener en cuenta que la felicidad no es una meta, es el camino del aprendizaje, del crecimiento personal, del deseo. Es un desafío. Y que cuando del deseo se trata, este no responde a ningún ciclo biológico a satisfacer, sino a la experiencia de desear algo, una fuerza que nos impulsa a buscar ese algo que nos falta. O cuando del amor, no se trata de atiborrar al otro con lo que se tiene, sino dar lo que falta, en lugar de ese goce denigrado bajo la forma de bienes, de aquello que está en el mercado de consumo.
Cuando de la amistad, encontrar el equilibrio en las relaciones de amistad aceptándose mutuamente y evitando ponerse por encima del otro, mediante la negociación y la colaboración, mostrando confianza para que las relaciones funcionen y tanto las opiniones como los intereses, también del otro, se tengan en cuenta.
Y…¿si hablamos de los otros?, de la ética imperante en este siglo que radica únicamente en el interés personal, un interés radical, una vida líquida, una búsqueda del placer vacío aunque inmediato. En definitiva, un mundo reducido a la pura economía, capitalismo alejado de la democracia, donde los ricos viven de los pobres que ahora son esclavos, que a los que a cambio de promesas de un futuro mejor se les mantiene endeudados de por vida y atados a la esclavitud. También ahora, en la época navideña.
Pero cuando las luces de La Navidad se apaguen, tu seguirás brillando si eres agradecido con lo vivido y disfrutas de estas fiestas ajustando tus expectativas, para no acabar triste, cansado, irritado o decepcionado. Consumir sin control, puede llegar a consumirnos si nos ubicamos como hedonistas que solo respondemos a la llamada de los placeres, cuyo sentido encontramos en la pura consumación, un deseo que debe ser consumado lo más rápidamente, para volver a empezar. Y no olvidemos, que aunque sea Navidad, las guerras siguen matando y que el menú principal para muchas personas seguirá siendo el miedo, el terror, o las bombas.
Imagen: creada con IA
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