La Navidad, un banquete de emociones

La Navidad no tiene el mismo sentido para todas las personas, ni tampoco la situación o el contexto es el mismo para todos. En estas fechas afloran emociones y sentimientos que, a veces, no son compatibles con la fiesta. Para algunas personas, la Navidad es un momento de encuentro, de ilusión, de felicidad, mientras que otras la viven con nostalgia, tristeza, soledad, estrés, rabia e incluso frustración. Bien porque en su entorno ya existe la falta de un ser querido, o hay una separación sentimental reciente, han perdido su trabajo, o porque se está solo o lejos de las personas queridas.

Y aunque no es obligatorio celebrar la Navidad, la cantidad de estímulos recibidos relacionados con la Fiesta, hace casi imposible escapar de ella. Todo lo inunda el llamado “espíritu navideño”.  La Navidad es un banquete de emociones que es necesario regular para no sucumbir. Para aquellas personas que se sienten presionados a nivel social para celebrar, hay una emoción que aparece con frecuencia, y es la culpa por no poder sentir la alegría que se supone o se “impone” en esas fechas. Otra emoción muy presente es el estrés, por los excesos, las expectativas, y querer cumplir los deseos de los demás, que acaba en ansiedad…

Pero lo importante, sea durante las fiestas o en cualquier otro momento de la vida, no es seguir los dictados que otros nos marquen, sino lo que uno mismo siente en su interior, una libertad de sentir que nadie puede quitarnos. Para no intoxicarnos con ese banquete emocional, es mejor no esconder nuestras emociones, sino observarlas, sentirlas y aceptarlas, y si podemos compartirlas. Es un ejercicio que tiene un buen resultado, pues el pensamiento, seguido del sentimiento determina el comportamiento social, impuesto o de nuestra elección. 

Podemos evitar caer en el exceso que la iluminación o las luces, esas que cada vez se encienden antes -y apagan las de nuestro interior- nos condicionan a consumir y a gastar. Pensemos, también en Navidad, cuáles son las consecuencias del consumismo, como la gran cantidad de residuos que se generan y el daño al cambio climático y el derroche de recursos energéticos; la huella ecológica que generan las compras online, con el transporte hasta los domicilios; el incremento de gasto en los hogares, a menudo con pocos recursos, y arrastrados por ese espíritu consumista.

No es necesario dejar de celebrar, pero mejor hacerlo siendo conscientes del mundo que nos rodea, siendo creativos en la manera en la que lo hagamos: regalar solo aquello que es necesario, comprando en lugares de producción responsables, evitando en lo posible la generación de residuos; regalos que fomenten valores y educación en los más pequeños, y no tan pequeños, y generen futuro.

Explicar a los niños el sentido de la celebración, hacerles partícipes de la solidaridad que podemos mostrar con los demás y evitar rellenar con tantos juguetes esos huecos vacíos de nuestro interior. No es necesario regalar juguetes en exceso, porque los niños lo que quieren es nuestro tiempo (ese que se nos escapa) para jugar. Y sobre todo hacer de esas sobremesas que tan pocas ocasiones se dan ahora, un lugar para recordar y compartir otras Navidades, otros recuerdos que nos llevan, a los más mayores, a otras épocas y otros lugares. A los niños les gustan las historias y aprovechar esos momentos para compartirlas puede resultar mágico para todos. 

Y para evitar caer en el exceso, un viaje al interior de uno mismo y entender qué o cómo hacer porque:


Imagen: Rosa Rosado



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