Madres controladoras y su impacto en la edad adulta

La relación con padres controladores y manipuladores, tiene graves consecuencias tanto para el desarrollo de hijos como de hijas. Es muy importante el papel de la madre como primera figura de apego en la fase de desarrollo del bebé. La repercusión emocional que este vínculo va a tener en la edad adulta de estos hijos, tendrá graves consecuencias psicológicas y emocionales de esa relación con una madre controladora y manipuladora y que tiene su origen en la infancia y en cómo haya sido el estilo de apego del vínculo materno que a su vez haya tenido esa madre.

Desde una mirada apreciativa y considerando que “cada uno hace lo que puede con lo que tiene”, una madre controladora lo es, posiblemente, porque su aprendizaje en la edad infantil no le ha permitido el acceso a una relación sana con los demás y buscan ser el centro de atención. Son personas vulnerables que han crecido en ambientes carentes de empatía, con una baja autoestima, inseguridad, con grandes niveles de ansiedad y poca madurez emocional. Necesitan llenar su vacío interior ejerciendo el control y la manipulación sobre sus propios hijos, como un acto reflejo, para así conseguir tener su atención y cubrir sus carencias afectivas. 

Ahora, en la edad adulta, las consecuencias de ese vínculo dañino cambia mucho si se trata de hijas o de hijos varones, y también si estos últimos no han salido del núcleo familiar original, es decir, si no han abandonado “el nido”. Tanto es así que dificilmente estos hijos llegarán a ser independientes y perseguir sus propios sueños, ya que han crecido bajo la influencia de una madre controladora que les ha impedido construir una identidad fuerte. Están expuestos a seguir sus normas o pautas, haciendo que se sientan mal emocionalmente si no lo hacen, y con un gran sentimiento de culpabilidad. 

Los hombres en estas situaciones difícilmente piden ayuda, silencian sus emociones para parecer fuertes (dictados de nuestra cultura), disimulando el daño que les provoca la situación, escondiendo sus emociones para contentar a su madre y al mismo tiempo reaccionando con ira en la relación afectiva con su entorno y mostrándose hostiles y agresivos con los más cercanos.

A diferencia de los hijos, las hijas vivan o no con sus madres en la edad adulta, tienen serios problemas para relacionarse con sus madres sanamente, si éstas ejercen la manipulación y el control en su relación. Señales como el victimismo que ejercen cuando utilizan todo lo que han hecho por los hijos, para manipularlos y que hagan lo que ella quiere; el narcisismo que les lleva a demandar una atención permanente por cubrir sus necesidades, sin sentir ninguna empatía por las de los demás; o las comparaciones negativas constantes con otros miembros de la familia o personas ajenas tendentes a infravalorar las virtudes y maximizar los defectos; las agresiones pasivas mediante la hostilidad, el desprecio, las críticas, el insulto o la humillación.

Es complicado salir de estas relaciones de manipulación y control, pero empezar por darse cuenta ya es un paso. Y para evitar desarrollar algún tipo de desorden afectivo y poder enfrentarlo es necesario ejercitar la asertividad poniendo límites, sin miedo, y poder defenderlos. Desde una mirada compasiva y apreciativa, intentar mejorar la comunicación escuchando en la medida de lo posible a la otra parte. Es necesario evitar la dependencia emocional fomentando la autoestima y asumiendo el rol que como adultos responsables nos corresponde y seguir dando pasos. Y si es necesario buscando ayuda psicológica para disponer de las herramientas que se necesitan para frenar esas conductas y poder reconstruirse emocionalmente.


Imagen: Rosa Rosado

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