Erotismo o hipersexualidad: la fragilidad de los vínculos

¿Por qué los vínculos afectivos son tan frágiles hoy en día? Es porque trabajar duro para que el amor perdure es una complicada tarea que no estamos dispuestos a realizar?. O es porque no nos damos el tiempo suficiente para reparar y estamos en un continuo destituir y reemplazar? O simplemente porque lo que realmente nos da miedo es estar solos?. Es algo paradójico que en un mundo hiperconectado, las relaciones humanas estén en crisis. ¿Damos más valor a las conexiones que a las relaciones?. Y si es así, es porque requieren menos esfuerzo, menos tiempo y pueden sustituirse con mayor facilidad?. 

Algunas de estas conexiones solo buscan una relación basada en el sexo, con el riesgo de cosificar y hacer del otro un elemento instrumental en beneficio propio. Algunas de esas conexiones añaden la amistad  a su deseo, y lo que hay es una deserotización, masculina principalmente. Y es que muchas veces, lo que esconde esto, es el miedo a comprometerse, a asumir el riesgo que entraña toda relación aunque ello suponga renunciar al erotismo que produce el enamoramiento, aun sabiendo que el destino final de éste (el enamoramiento) sea la desilusión ya que se construye sobre bases no realistas. No es hasta el fin del enamoramiento que el amor empezaría su recorrido.

Bauman en una entrevista comentaba que “hoy al entrar en una relación la gente está muy preocupada por el escenario de salida”, cuando de entrada ya se dicen aquello de “bueno…veremos cómo va…” y lo que deja entrever es la fragilidad del vínculo ya antes de empezar. Las relaciones sexo-afectivas hoy se podrían relacionar metafóricamente con el consumo de reemplazo. Existe una tendencia generalizada a comprar, un nuevo electrodoméstico, un nuevo dispositivo electrónico, más que un intento de repararlo. Y en eso tiene mucho que ver la publicidad que a través de los medios y de las redes sociales nos “invita” a adquirir la última versión, o la última moda, pero también nuestro posicionamiento o nuestra responsabilidad cuando sucumbimos a ello sin apenas cuestionarnos nada.

Ha cambiado completamente el modo de vivir el amor de un tiempo a esta parte. La posibilidad de enamoramiento se reproduce eternamente, no es propio solo de la edad adolescente o de la juventud. Se va pasando de vínculo en vínculo sin que ello lleve a tener que vivir en pareja. Hoy en día hay quienes viven separados dentro de la pareja. Otras son los novios eternos, cada uno en su casa. Y es que, a veces, la convivencia “mata” la relación. El paradigma, en cuestiones de amor, también se va cayendo. No hay una única manera de amar. 

Como dice Gabriel Rolón, psicoanalista argentino “si de algo sufre el ser humano, es por amor”. Son, principalmente, dos los temas por los que se consultan en terapia, el amor o el sexo, y la muerte o la pérdida. Hay quien busca el amor, o hay quien espera encontrarlo. Pero el amor ni se busca, ni se encuentra. El amor surge, y se construye, es un arte, hay que hacerlo y, sobre todo rehacerlo continuamente. Es un trabajo para toda la vida, por el amor de toda una vida, que no necesariamente tiene que estar o recaer en la misma persona. 

El amor, como toda relación, exige negociar, pactar, requiere intimidad y compromiso, necesita del conflicto para crecer, de ser un otro para el otro, requiere estrategias para vivir con la diferencia, y a veces eso se vuelve terrible. Y al amor no podemos pedirle certezas, porque no las hay, ni en el amor,  ni en la vida. La única certeza de la vida es que algún día nos vamos a morir. Todo lo demás es incertidumbre con la que no tenemos más remedio que convivir si no queremos “perecer”. El amor tiene que ver más con aquello que nos damos el uno al otro, aunque no podamos ni darlo ni pedirlo todo, porque todo no se puede, siempre hay algo que se pierde.  Es un error, que se paga caro, querer darlo todo, entregarse totalmente, eso no lo llena al otro, sino que lo convierte en voraz. 

Y si los vínculos hoy son tan frágiles, tal vez sea porque el tiempo que nos dedicamos a mirar hacia dentro de nosotros es muy limitado o inexistente. Y puede que hasta hayamos perdido algo del amor propio. Tal vez detenernos y reflexionar sobre si lo que estamos viviendo, sintiendo o experimentando es lo que deseamos y si además nos conviene. Un ejercicio interesante sería remitirnos al dicho Nietzscheano del eterno retorno de que si tuviéramos que repetir infinitamente nuestras actuaciones o decisiones, elegiríamos vivir la misma existencia una y otra vez por toda la eternidad, quedarnos por siempre con la misma persona, el mismo lugar, la misma vida.  


Imagen: Rosa Rosado

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