¿Quién no ha escuchado o ha dicho de un otro que no tiene personalidad? Y puede que paradójicamente, esto sea verdad. Porque la personalidad no la tenemos nosotros, es ella quien nos tiene. Podemos sentirnos orgullosos de nuestra personalidad, o criticar la personalidad que percibimos en otros. Pero…¿somos nosotros quienes elegimos cómo queremos ser o estamos obligados a ser de una cierta manera?.
Nos determinan, por una parte, parámetros biológico-hereditarios de nuestros antepasados, somos herederos de nuestra parte biológica. Otra parte la constituye el aprendizaje, la interacción social en la que nos movemos, principalmente en nuestra etapa infantil y adolescente, con nuestros padres o cuidadores. Y otra se la debemos a la cultura a la que pertenecemos, con sus normas, leyes o intereses. Por lo tanto la personalidad será el resultado de todo ello: del temperamento más los hábitos aprendidos más el comportamiento.
Estos aspectos que forman parte de la personalidad, son aspectos individuales como el temperamento, el carácter o la inteligencia. Decimos del temperamento que está determinado, principalmente, por la biología, es innato y no puede modificarse. Es, por tanto, un conjunto de rasgos relativamente estables del organismo. Hipócrates los clasifica de esta manera: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico. Son características emocionales de la conducta, una mezcla de elementos que podemos observar como la fuerza, la tendencia emocional de una persona, los deseos, o las pasiones, por citar algunas.
El carácter tiene que ver más con los valores, los sentimientos y las actitudes que tenemos, que es resultado de la interacción social, como las reglas adquiridas mediante el aprendizaje a lo largo de la vida, los aspectos sociales, éticos o morales. Es, por tanto, susceptible de ser modificado por las conductas mediante la educación en su contexto social. Y la inteligencia se relaciona con la capacidad que tiene una persona para resolver problemas y adaptarse a situaciones nuevas del entorno, aprovechando la experiencia anterior.
Todo ello conformará un rasgo de personalidad o una disposición personal, es decir características únicas e individuales de la persona, siendo estable más o menos a lo largo de toda la vida. La personalidad vendría a ser el resultado de la interacción entre los conflictos internos de un individuo y las demandas externas, teniendo en cuenta la existencia de fuerzas internas o pulsiones del inconsciente que van a marcar el temperamento. Dependiendo de los esquemas básicos aprendidos, de con quien nos hemos criado o educado, el lugar o la familia que nos ha tocado, vamos a encarar la vida de una u otra manera, bien desplegando un carácter más generoso, más o menos entusiasta o determinadas actitudes.
Existe una delgada línea, según algunas teorías, entre los diferentes polos normalidad-trastorno. Una continuidad sindrómica, donde la personalidad se distribuye a lo largo de un continuo, sin una línea clara que separe la normalidad de la patología. La personalidad anormal representaría un desequilibrio de los sistemas que definen la personalidad anormal, pudiéndose estudiar la capacidad para afrontar las dificultades de la vida y la manera en que esos trastornos pueden retornar a un funcionamiento saludable.
Solamente cuando los rasgos son muy pronunciados o inadaptados o bien suponen un deterioro en el día a día de la persona, tanto a nivel laboral como social, sería susceptible de considerarse un trastorno que o bien podría ser moderado o degenerar hacia un trastorno severo de la personalidad. Y aunque el temperamento sea adquirido, aún nos quedan el carácter y la inteligencia, aspectos de nuestra personalidad sobre los cuales sí podemos ejercer alguna influencia.
Es cierto que con cierta frecuencia intentamos encajar en la sociedad en la que interactuamos a partir de lo que somos, lo que puede tener un alto coste por las contradicciones que conlleva. Cuando nuestros esquemas básicos aprendidos son muy rígidos o poco flexibles, y no estamos abiertos a que todo puede ser de otra manera, es necesario que nos interroguemos sobre lo que se presenta como definitivo, los conceptos hegemónicos. Porque aunque, en principio, esto nos angustie, termina por liberarnos.
Imagen: Rosa Rosado
Un placer leer tus escritos. Un besazo
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Gracias Arantxa!
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