La confianza es la base de toda relación con el otro. Y solo hay una manera de obtenerla, y es ir acumulándola poco a poco en el transcurso de una o múltiples interrelaciones. Incluso la confianza tiene su origen en las huellas traumáticas ontológicas. Es decir, en los cuidados maternos y paternos de la primera infancia, esa en la que el bebé vulnerable necesita de protección y cuidados, lo que Winnicot denominó “confianza en el entorno”, en el que los niños necesitan creer en ese entorno y en aquellas personas que hacen la función de espejo en el que mirarse.
En la edad adulta, la confianza se genera cuando posicionamos al otro en un lugar de saber y le confiamos alguna cosa. Pueden ser nuestros secretos, nuestras pertenencias, nuestras luces o nuestras sombras. El destinatario de nuestra confianza puede ser un amigo, alguien cercano o la propia pareja. Incluso nosotros podemos ser destinatarios de la confianza con nosotros mismos, -autoconfianza- cuando nos convencemos de que podemos ser capaces de cumplir una determinada responsabilidad o de llevar a cabo con éxito una actividad que nos hemos propuesto.
Ni nosotros ni nadie puede ser totalmente confiable, si por confianza queremos decir que se pueden predecir conductas futuras, porque no se pueden predecir. La confianza plena no existe. Lo que podría darse es un nivel de confianza relativo en base a qué pulsiones primarias predominan y la calidad de los vínculos de amor en nuestra infancia, lo que generará la confianza en la propia capacidad de creer en uno mismo, logrando así un buen nivel de autoestima para conseguir lo que se desea. Pues quien confía en sí mismo es más fácil que confíe en los demás.
Establecer la confianza con el otro o con nuestra pareja no es fácil máxime cuando en el pasado no se ha establecido un vínculo relacional satisfactorio con los padres o tutores de nuestro entorno de confianza. Aunque en la edad adulta esta se puede construir con trabajo y terapia. Al igual que el amor, la confianza se construye, se aprende a confiar. Por eso la confianza debe confirmarse y reafirmarse a lo largo de la relación, pero también puede perderse. Cuanto más duradero es el vínculo, la confianza es un valor fundamental al alza. Se confía en el otro cuando se piensa que no te engaña o te miente. Y es uno de los malestares que más insatisfacción produce y más afecta a la relación de pareja. Además de la autoestima, el compromiso y el respeto son factores constitutivos de la confianza en una relación de pareja. Y se pueden encontrar muchos y variados elementos en ese vínculo social, como son los intereses, los acuerdos, los contratos o los pactos, entre otros.
La confianza maneja el riesgo, la incertidumbre y las expectativas y requiere que una de las partes se presente como vulnerable frente a la otra. Es importante posicionar al otro en la relación de pareja como depositario de nuestra confianza porque con esta acción estamos poniendo cierto grado de responsabilidad en el otro, de la que debe hacerse cargo, confiando hasta que haga algo que muestre que no puedes seguir haciéndolo.
La confianza mutua es el fundamento de toda relación y un elemento central de todo vínculo social. Cuando la confianza se acaba también se acaba la relación. Y quizás por eso, las segundas oportunidades casi nunca funcionan, tras una ruptura donde lo que ha fallado no es ni la falta de amor, ni una tercera persona, ni el hastío… cosas que a veces son inevitables, sino la confianza puesta en el otro, un sentimiento de traición que puede dejar marcada a una persona de por vida y seguir alimentando la desconfianza no solo en quien hizo daño sino de otras personas en el futuro.
Imagen: Rosa Rosado
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