Nietzsche, quien afirmó metafóricamente “Dios ha muerto” para referirse, no a la muerte literal de Dios, sino al nihilismo avanzado de la sociedad de la época, hoy diría que la “normalidad ha muerto” para señalar que la normalización era la norma antes de la pandemia, algo necesario para conseguir un nivel de ordenamiento óptimo en un contexto determinado. Hoy estaríamos ante una nueva normalidad -norma también impuesta- como algunas voces la han denominado. Nos hemos visto obligados a reconfigurar las relaciones sociales y los afectos, con el mal llamado distanciamiento social, ya que la distancia necesaria era más de lo físico que de lo social, parapetados tras las pantallas, el mundo virtual o las dinámicas sociales, con todo lo que esa reconfiguración conlleva a nivel psíquico.
Si ya es complicado manejar la situación en la edad adulta, para los adolescentes y los más jóvenes quienes se encuentran consolidando su identidad en una época en que las interacciones con los demás son muy importantes, el impacto de este paréntesis en sus vidas, está teniendo una grave repercusión.
Si durante el confinamiento la válvula de escape para ellos han sido las pantallas y el mundo virtual para poder relacionarse con sus pares, hoy que las restricciones son un poco más laxas, buscan refugio en las concentraciones multitudinarias en la calle, con conductas que lejos de ser la solución termina siendo el problema. Los adolescentes están en el punto de mira del control de la pandemia, que con sus botellones, megafiestas e incumplimiento de las restricciones, proyectan una imagen de irresponsabilidad y falta de solidaridad. Aunque, una vez más la generalización de comportamientos de algunos sujetos no hacen sino reforzar una visión negativa sobre ellos, visión que ya predominaba en la sociedad en general.
No obstante, preocupan algunos comportamientos más allá de toda rebeldía propia de la adolescencia puesta en juego, del consumo exagerado de alcohol y otras sustancias, de la resistencia a la autoridad, de la irresponsabilidad, en algunos casos, y de la falta de solidaridad con las personas más vulnerables. Y es la edad de estos adolescentes, cada vez más jóvenes, y los problemas de salud mental que estas conductas van a tener en etapas más avanzadas de la vida. Tampoco existe reparación ni castigo correctivo cuando incurren en faltas graves, y si la hay es económica, a modo de sanción y que ante la minoría de edad o la insolvencia económica de éstos, es satisfecha por los padres o tutores.
Existe una estrecha relación entre la baja autoestima, una alta ansiedad, una muy baja tolerancia a la frustración y una presión social contra la autoridad. Los efectos y las consecuencias de este combinado en los adolescentes y en los jóvenes los estamos viendo ya cada vez más a menudo en las consultas psicológicas también en los jóvenes adultos, que aunque académicamente muy bien formados, carecen de herramientas para manejar la ansiedad que genera “vivir como si no hubiera un mañana”, incapaces de soportar que no todo se puede.
Cuando se ha aprendido a tolerar la frustración en la infancia a través de las figuras más relevantes de esa etapa como son los padres, tutores o profesores que se muestran fuertes, a la vez que amorosos y protectores con los que identificarse, es más fácil en la edad adulta ser capaz de responder de manera adecuada a los imprevistos o contratiempos, manteniendo la calma para poder buscar soluciones apropiadas, huyendo del rol de víctima y aceptando que no todos los deseos se cumplen porque las circunstancias son cambiantes y es necesario aprender a adaptarse con flexibilidad. Y es ahí, en el ambiente familiar principalmente, donde se juegan los vínculos que pueden generar esas capacidades.
Imagen: Rosa Rosado
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