A lo largo de nuestra vida casi todos hemos sufrido acoso en mayor o menor medida, en alguno de los contextos en los que hemos interactuado tanto en la infancia como en la edad adulta. En el acoso, se establece un triada entre el acosador, la víctima y los observadores. Aunque los tipos de acoso más conocidos son el escolar, laboral o sexual, otros como el discriminatorio, psicológico, de poder, físico, online, verbal, policial o inmobiliario forman parte también de las conductas de acoso. Los ámbitos en los que tiene lugar el acoso van desde la escuela, el trabajo, la comunidad vecinal, la familia, o el circulo de amigos, hasta la sociedad en general en la que tomamos parte. Especialmente si tenemos en cuenta que en los grupos sociales existe una relación de poder que puede utilizarse de forma abusiva.
El acoso es tan antiguo como las relaciones personales. Históricamente, la violencia estaba implícita en el método educativo, pues se consideraba que para educar a los niños era necesaria la violencia física. La relación de poder ejercida por la docencia incuestionada establecía unos límites claros entre el alumno y profesor. Si nos trasladamos al ámbito familiar, también ésta era necesaria, y estaba normalizada una especie de violencia física para educar a los hijos en la rectitud y en valores. Afortunadamente, esto ha ido cambiando. Ni los docentes poseen una autoridad incuestionable ni el alumno es un simple receptor de conocimientos. Los padres han dejado (o están en ello) a un lado un estilo autoritario de educación pasando a un estilo democrático, sin que por ello se ponga en riesgo la transmisión de valores de padres a hijos.
El acoso escolar o la violencia en las aulas ha existido desde siempre. El más fuerte se ha impuesto sobre el más débil. Este fenómeno que antes no era tenido en cuenta, ha ido preocupando cada vez más a la sociedad y consecuentemente se denuncia más. Físico, y principalmente psicológico, el acoso escolar entre los compañeros puede tener efectos graves a largo plazo. Los primeros efectos que se dan son el aislamiento, el miedo, la soledad, la pérdida de rendimiento y somatizaciones a varios niveles, pueden aparecer después crisis de ansiedad que podrían conducir a una depresión grave, llevando al suicido, en casos extremos.
Hay algo que es común a todos los que sufren acoso y es la vergüenza de contarlo, el sentimiento de culpa por creer no estar a la altura de lo que se espera de nosotros, y una pérdida de amor propio o una baja autoestima. En la edad adulta las personas que han sufrido acoso escolar en la infancia o adolescencia tienen mayor sensibilidad al estrés y mayores problemas para establecer relaciones sociales con los demás. Por eso es muy importante detectar y combatir el acoso escolar desde la más temprana infancia, no solo en los colegios, también en los hogares, enseñando a nuestros hijos el respeto y la empatía sin contribuir como colaboradores por el hecho de permitir que otros lo sean no interviniendo ante el acoso de aquellos que quieren hacer daño.
A diferencia del acoso escolar, en el acoso laboral la violencia que se ejerce en el lugar del trabajo es principalmente psicológica, tanto entre compañeros como de superiores o subordinados. Los efectos que tienen estas conductas de acoso son también, como en el acoso escolar, estrés, ansiedad o depresión, llevando a la víctima a una desmotivación laboral, que la mayoría de las veces culmina en una baja médica laboral y una desmotivación a seguir realizando un trabajo.
Cuando el acoso laboral o mobbing es horizontal, es decir se da entre compañeros, las repercusiones para la victima suelen ser demoledoras. Y aunque detrás de las causas de este tipo de acoso estén la enemistad, atacar al más débil o simplemente diferencias con la víctima, existe otro tipo de acoso laboral que es más perverso y que no tiene un objetivo laboral, sino que responde a una personalidad hostigadora y manipulativa del acosador.
Cuando una persona ha sido o es victima de acoso laboral tarda mucho tiempo en pedir ayuda por el sentimiento de culpa, vergüenza e impotencia que sufre. Estos sentimientos que se producen también en la infancia, se amplifican en la edad adulta por la incapacidad de plantar cara al acosador y las reacciones emocionales que más perturban a la víctima son la humillación y la indefensión.
Es necesario considerar que ceder al acoso no frena la situación y hay que reconocerse como víctima buscando los apoyos externos necesarios y romper el silencio. Y este sería el paso más importante, empezar por la atención primaria para alejarse del acosador y poder denunciarlo. La ayuda psicológica será un arma eficaz contra el acoso, tanto escolar como laboral. En algunos casos será necesario revisar la manera de afrontar situaciones difíciles y evitar someterse a relaciones de dependencia dañinas en el futuro. Las secuelas emocionales han dejado cicatrices psíquicas que es necesario curar para que no deriven en trastornos mentales graves. En cualquier caso es conveniente compartir las experiencias en el lugar de la escucha para establecer estrategias de afrontamiento que ayuden a la víctima a conectarse con sus deseos y sus necesidades y a cicatrizar las heridas sufridas durante el acoso.
Imagen: Rosa Rosado
Deja un comentario