El amor es uno de los temas más importantes para el ser humano, junto al deseo y la muerte. Estas dos historias (han habido otras) tienen en común la pérdida del amor en tiempos de confinamiento. En los dos casos, como en casi todos, es la angustia puesta en el cuerpo la que demanda de ayuda.
Historia 1
Esther, de 26 años vive desde hace casi dos años con su pareja en una casa que es propiedad de él. Los dos tienen un trabajo cualificado. Consulta porque se siente muy mal, su pareja ha roto la relación por teléfono. Está en shock, llora mucho y siente mucha ansiedad. No puede comer nada y no puede dormir.
Cuando se decretó el estado de alarma, decidieron irse a la casa de sus respectivas familias, cada una en una comunidad diferente. Aunque han mantenido el contacto vía telefónica, han pasado muchos días con grandes discusiones. Esther ha venido notando cierto distanciamiento en la relación, ya desde algunos meses antes del confinamiento. En una de estas llamadas telefónicas, él ha tomado la decisión definitiva de dejar la relación.
Parece que la relación antes del confinamiento tampoco era fácil. Y Esther piensa que pertenecen a clases sociales diferentes y eso podría representar un problema. Dice de él que es frío y que le falta empatía.
De otras relaciones, Esther cuenta que tuvo con 19 años otra relación sentimental que se rompió mediante un mensaje de texto. Necesitó de ayuda psicológica y estuvo en tratamiento.
Historia 2
Viviana tiene 44 años y es azafata de vuelo. Ahora en casa por el confinamiento. Vive con su madre y con su hermano menor. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía 3 años. No ha tenido ninguna relación con su padre hasta hace 18 años.
Llama porque su relación sentimental se está rompiendo. Mantiene una relación con un hombre que vive en otro país y con el que se ve dos veces al mes en los puentes aéreos. El resto del tiempo el contacto es virtual o telemático. Dice que la relación era buena hasta el confinamiento. Pero desde entonces nota cierto distanciamiento. Está sintiendo que cada vez que hablan él se molesta por casi cualquier cosa.
Tiene un historial de relaciones complicadas, con episodios de maltrato psicológico en alguna de ellas.
Tiene miedo y siente un vacío inmenso. Su miedo más allá de la pérdida del empleo está en la incertidumbre de esta relación. Se siente insegura. Tiene poco contacto con el exterior. Ha evitado las redes sociales porque no comparte las críticas que hacen sus amigos, y por miedo al rechazo evita responder. Dice que siempre ha tenido una baja estima de sí misma, que le gustaría trabajar.
Intervención:
Más allá de escuchar y apoyar en los 40 minutos de una sesión telefónica, se predispone a la persona hacia un proceso de duelo que tendrá que poner en marcha para superar la pérdida, y algunas técnicas de relajación, que es lo mínimo que podemos incorporar para aliviar momentáneamente a la persona que consulta.
Y si fuésemos más allá… Se dice que el encuentro es siempre un reencuentro. Y que las personas de las que nos enamoramos poseen algún rasgo que hemos incorporado en nuestra primera infancia por una mirada de la madre, un palabra del padre, un gesto del abuelo, de un amigo… Lo demás es fantasía o una idealización, es la ilusión de la completud, de cuánto el otro puede completarme. Pero nadie lo puede todo. Siempre vamos a encontrar una distancia entre aquello que queremos y lo que podemos conseguir o entre el placer que deseamos y el que obtenemos. Es preciso aprender a vivir con un poco de insatisfacción. Esa insatisfacción dará paso a una pulsión de vida, a desear de nuevo. Lo contrario no sería sano.
Superar cualquier pérdida conlleva un proceso, también en la pérdida del amor. Sentir el dolor de la pérdida es necesario para ahogar el sufrimiento. El dolor es imprescindible, el sufrimiento eterno es patológico. Tras el shock que produce la ruptura se inicia un viaje que comienza por la negación, la que hace que nos preguntemos “si tal vez….”, seguida de la rabia que nos produce la impotencia por no poder cambiar la situación. Hay ambivalencia, pasamos del amor al odio con total facilidad. Ayer le amábamos, hoy le odiamos.
Esa impotencia por no poder revertir la situación, se traduce en sentimientos depresivos en una primera fase, dando paso a otra en la que intentamos luchar para alcanzar la meta que nos hemos propuesto. Y se activa en nuestra mente la relación que esto tiene con experiencias anteriores de la vida en la que hemos tenido que elaborar duelos por otras pérdidas (de la infancia, adolescencia, de la juventud, de una muerte inesperada, o no….). Hasta que se impone el proceso de aceptación de la realidad y ahí es donde comienza la reconstrucción de la propia vida. Nos queda la transformación de la relación con el deseo para que este vaya cambiando y redirigiéndolo hacia otros objetos.
Los nombres de las personas de estas historias de cuarentena son inventados, aunque sus historias son reales, contadas a través de la línea telefónica, durante el confinamiento del covid-19.
Porque detrás de cada síntoma siempre hay una historia.
Imagen: Rosa Rosado
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