La problemática social más grave a la que nos estamos enfrentando, mayor ahora, a propósito del covid-19, se llama tercera edad. Más de 19.000 muertos, la mayoría de las instituciones se refieren a ellos como fallecidos, como si así la tragedia fuera menos tragedia. Pero la realidad estremece porque sean muertos o sean fallecidos son personas que han tenido un pasado nada fácil, que han luchado por sus sueños, por sus derechos, por los de sus hijos, por la igualdad, por la libertad o por la dignidad humana y que ahora se han ido, en muchos casos, en la más absoluta soledad. El drama vivido en las residencias de ancianos en estos tiempos ha visibilizado el negocio, un mercadeo sin escrúpulos en el que algunos solo buscan sacar rentabilidad a costa de malas prácticas que desembocan en tragedias como las que se han destapado a causa de esta pandemia.
Las políticas económicas implementadas desde el modelo liberal y la lógica del mercado, con una distribución desigual de los recursos, es productora de cada vez más sectores excluidos social y económicamente. Es necesario instrumentar políticas paliativas de atención a emergencias sociales creadas por el propio sistemaeconómico cuyo único objetivo sea el de proveer de bienestar social a los colectivos menos favorecidos.
Desde un punto de vista social, los problemas de los ancianos se originan no solo a partir de sus capacidades, sino en lo que la sociedad les permite hacer. Para la mayoría de personas mayores, lo más importante es mantener un sentido de dignidad y valor como personas. Sin embargo no siempre se puede proteger este derecho y requiere de la intervención social. Los factores socio-económicos contribuyen al desarrollo de un cambio significativo en estas personas, lo que origina perder su estatus dentro del grupo familiar, la inactividad y la marginación en la toma de decisiones, abocándoles a la más absoluta soledad.
Dejando a un lado la intervención no remunerada donde el cuidado de las personas mayores recae principalmente sobre la mujeres, el rol de los profesionales en la intervención social con personas mayores se debería orientar a ayudar en este proceso tanto al propio sujeto como a su entorno familiar. Sería necesaria la implicación de profesionales socio-sanitarios y la movilización de redes de apoyo familiar y social, más que la intervención a nivel de colectivo con una problemática que emerge del binomio normalidad/patología, ya que la intervención invisibiliza el papel de los cuidadores que en un alto porcentaje recae en las mujeres, lo que ahonda la brecha de la división de roles desiguales entre sexos y no permite por tanto que aflore la desigualdad cultural que ayudaría a superar esta división.
Es preciso transformar el sistema para que mejoren las condiciones de vida, tanto sobre el cuidado colectivo considerado como problemático, como de las condiciones de sus cuidadores, sean estos no remunerados (casi siempre mujeres) o aquellos supeditados a instituciones verticales con acciones conjuntas entre todos los agentes que participan de esta problemática: familiares, sociales, políticos, el propio colectivo de mayores, etc., que garanticen el bienestar social de un colectivo “obligado” a trasladarse, en menor medida, a una residencia bien por un deterioro grave de su salud o bien por una determinada situación familiar.
Hay que desarrollar políticas de calidad para un sistema residencial con predominio del sector público, que proporcione la atención física o psíquica necesaria de las personas mayores para que puedan llevar un tipo de vida lo más normalizado posible, manteniendo las relaciones, familiares, sociales, políticas y culturales y enseñándoles habilidades que mejoren su calidad de vida. Medicalizando las residencias, reforzando sus plantillas con personal en una condiciones de trabajo menos precario, convirtiendo estos espacios en centros sanitarios, dotando de los elementos sanitarios necesarios para garantizar la dignidad de las personas.
Y teniendo en cuenta que este recurso (las residencias de mayores) sigue aún siendo bajo en nuestra sociedad, es necesario reforzar la intervención social dirigida a las familias con una financiación pública de cuidados a domicilio, lugar en el que la mayoría de las personas mayores prefieren pasar sus últimos días de vida. Y cuando esto no sea posible, o la elección de este colectivo sea la de residir en un entorno con otros mayores, podamos garantizar su dignidad en un espacio habitable con una sanidad pública que cuente con todos los recursos necesarios para reforzar el sistema sanitario a todos los niveles.
No olvidemos que si hoy somos más nosotros es porque ellos fueron también más ellos. Porque el pasado no muere, es como el recuerdo que nos habita, que nos moldea.
Imagen: Rosa Rosado
Es muy doloroso todo lo que ha ocurrido. Son generaciones que en su infancia y juventud carecieron de los recursos más básicos, que de adultos se esforzaron con firmeza por sacar adelante a sus familias y que, en la última etapa de sus vidas han sufrido de nuevo enormes privaciones y se han ido sin acompañamiento y sin afectos. Siempre estarán presentes en nuestra memoria.
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Totalmente de acuerdo Concha. La soledad de las personas mayores es la mayor lacra de una sociedad. Hemos vivido y estamos viviendo en una cultura de culto a la juventud, a la belleza…y se valora poco la experiencia de nuestros mayores. Si somos es porque fueron. Y si serán es porque seamos nosotros. Gracias!!!
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Me encanta el escrito. Y muy bonita la foto de tus aitas. Un fuerte abrazo.
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Muchas gracias Arantxa! Es cierto que es una foto muy bonita. Un abrazo también para tí!!!
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