La envidia, un deseo rechazado

La mitología romana decidió unificar las deidades griegas Némesis (de la venganza) y Ptono (de los celos) en una única deidad. Se trata de la Envidia, otro de los pecados capitales, que al igual que la pereza y la avaricia, tiene que ver con el deseo, la renuncia por el deseo en el caso de la pereza; un deseo desordenado cuando se trata de  la avaricia, y el deseo rechazado en la envidia. Tiene sentido separar los celos, primos hermanos de la envidia, porque mientras que los celos se centran en el miedo a perder algo que ya se posee y que se quiere conservar, la envidia gira en torno al resentimiento y la rabia por aquello que se desea pero que nunca se ha tenido.

Y es que la envidia es tan antigua como la propia humanidad, tal como lo han citado diversas fuentes ilustrando la presencia histórica de este pecado capital: Caín y Abel (Génesis); Shakespeare con la tragedia de Otelo; o la envidia de Salieri hacia Mozart.

El origen o las causas de la envidia apunta a diversas teorías, desde un punto de vista psicológico: Freud con el concepto de la Envidia de Pene; Melanie Klein posicionando a la envidia como algo endógeno, naceríamos con ella. O como decía Alfred Adler, psicoanalista austriaco, defensor de la psicología individual, que la envidia se gesta en un contexto familiar infantil en el que la rivalidad entre hermanos es frecuente, por sentirse destronado por el hermano más pequeño, en el caso del hermano mayor quien tiene que servirse de diferentes estrategias para recuperar la atención y el afecto que cree haber perdido.

Sea cual sea la teoría o las fuentes desde las que se origina, la envidia sitúa a los “envidiados” en portadores de aquello que se desea y no se puede tener, colocando a  los “envidiosos” en una posición de incompletud, de sujetos agujereados o divididos, y que lo único que les queda es envidiarlos, deseando al mismo tiempo que no tengan lo que tienen o que no sea cierto que lo tienen.

Y es que la envidia cuando es excesiva se vuelve tan tóxica, que los primeros que nos envenenamos somos nosotros mismos. Surge de este veneno una sentimiento de inferioridad desde el que vemos a ese Gran Otro, al que han encumbrado otros, o incluso nosotros mismos, como alguien que lo ha conseguido todo: la felicidad, la lotería, el mejor trabajo, la media naranja…alguien que lo tiene todo, que nada le falta, que está completo, algo que es imposible por otro lado. La completud no es posible.

Pero para el “envidiado” tampoco es tarea fácil verse mirado como alguien que lo tiene todo, y que teme perder lo que tiene ante esa mirada que lo “mira mal”.  En  esa mirada al envidiado (si podemos mirar bien) nos sorprenderá reconocer en él sus faltas, su agujero, su insatisfacción y su falta de completud, ya que él mismo sentirá envidia de sí porque creerá que es menos de lo que merece ser y que como cualquier ser humano, aunque tenga momentos de grandes logros, seguirá siendo un sujeto dividido, un sujeto con sus dudas e incertidumbres.

Detrás de este “pecado capital” hay inseguridad y baja autoestima, carencias con las que hay que trabajar para que la envidia se transforme en admiración hacia el otro y que no constituya una amenaza para una autovaloración positiva. Reconocer que la envidia es universal y aceptarla como la señal de un deseo insatisfecho es un buen comienzo, y nos podría llevar a trabajar para conseguir ese deseo deseado y buscar los recursos necesarios.

Debemos aprender a medirnos con nosotros mismos, aceptando lo que somos y tenemos y lo que queremos ser y tener, usando la envidia de manera positiva, lo cual favorecerá la confianza en nosotros mismos y constituirá una herramienta motivadora para conseguir los objetivos que queramos lograr.

 

Imagen: De Internet: De la tabla de los Pecados Capitales (la envidia), cuadro de El Bosco


 

 

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