El mito del amor romántico

El amor romántico sobrevive a pesar de todo, a pesar de que algunas corrientes desmitifiquen ese concepto, aún a pesar de esa insistencia en la irrealizable pretensión de fusión con el otro. ¿Qué amor buscamos en el otro que cimente o sostenga esa relación?

El mito del amor romántico tiene una claro fundamento narrado por Platón en “El banquete” que hace alusión al castigo infringido por Zeus ante la invasión del Monte Olimpo, y que lanzando un rayo hizo que se dividiera en dos a aquellos seres duales y completos en sí mismos, castigados eternamente a buscar su otra mitad. Es por eso que vamos buscando nuestra otra mitad o nuestra media naranja.

En nuestra sociedad occidental el amor romántico es un invento entre el renacimiento y la modernidad que responde a un determinado tipo de roles a partir del cambio en la  familia, roles o estereotipos de género con clara incidencia en las mujeres. A los hombres  se les ha atribuido el ser amantes, las mujeres han sido simbolizadas como cautivadas por el amor. Una concepción patriarcal basada en las desigualdades de género.

¿Y si el amor romántico que creemos fundamental para sostener una relación respondiera a un desorden químico en nuestro cerebro por el que se activan ciertas áreas del mismo, hormonas y neurotransmisores relacionados con el proceso de enamoramiento? Diríamos entonces que el amor romántico tiene una base neurológica.  Y que este desorden químico actúa sobre nuestro cerebro igual que las adicciones, por ejemplo, incluido el sistema de recompensa.

Sobre todo el sistema de recompensa, ya que en todo proceso de enamoramiento todo lo que hagamos por la persona amada tiene como objetivo conseguir una recompensa, nuestra recompensa,  y el placer que nos aporta.

Jacques Lacan lo plantea muy bien: hay algo de imposible en las relaciones entre hombres y mujeres que tiene que ver con su manera de gozar y con su sexualidad. Ante esa imposibilidad, el amor es una suplencia, una construcción que tiene que ver con la cultura, con la palabra, con el lenguaje. El problema asoma cuando nos cuesta afrontar esa imposibilidad.

 

Imagen: Rosa Rosado


 

 

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