Cuando un niño de once años, en su proceso de cambio hacia un ciclo superior escolar te dice que prefiere ir a un colegio mixto, entre otras cosas: porque hay menos posibilidad de que se produzca bulling, porque cuando sea mayor va a saber mejor cómo hablar con las chicas y porque es mejor tener conocimiento de los dos sexos,…ves que algo se está haciendo bien en su entorno más cercano para que un niño de esta edad haga una reflexión de tal madurez. Que sus padres, en este caso su madre lo está haciendo muy bien y que, a pesar de la cultura, de la genética, de la naturaleza, vemos que el ambiente juega también un papel relevante en la constitución del sujeto, que todo cambio es posible, si en ello se enfrenta con la verdad de hacerse cargo de lo que nos sucede, con la responsabilidad.
Ser padres no es tarea fácil, no existe un manual, y aprendemos por ensayo y error, muchas de las veces. Implica responsabilidad, implica renuncia, aunque sea eventual. Los hijos solo “necesitan”, de los padres para crecer en su proceso de desarrollo (no es toda la vida), luego beben también de otras fuentes de influencia para que sus etapas evolutivas se completen con éxito. Pero estar ahí y en ese momento de su desarrollo es crucial para dejar un poso que solo ese entorno más próximo puede inscribir en el niño, más tarde un adulto con capacidad para superar sus diferentes etapas evolutivas, como la de la juventud, madurez o vejez.
Y esas renuncias que hemos aparcado, léase estudios, actividades lúdicas, deportivas, ocio a otro nivel, etc es posible retomarlas en otro momento de la vida, porque la vida, es al mismo tiempo que corta, larga, y como padres habremos contribuido a completar con relativo éxito las etapas evolutivas, a co-crear con ellos su identidad, en la que nuevos aprendizajes y creencias propias van a ir conformando la etapa de la adolescencia y más tarde la de la edad adulta. Y una vez superado las etapas anteriores se abre un mundo de relaciones, con signos de madurez, de capacidad de amar que requiere de cualidades como la compasión, la empatía o la identificación y que fomentará el interés por el otro, la asociación o el afecto.
Ser padres hoy y cómo educar a nuestros hijos frente a los retos actuales es una ardua tarea. Por un lado, la cultura de la fragmentación, el avance en la paridad entre el mundo de los hombres y de las mujeres. La división del espacio público para el hombre y privado para la mujer, se ha trasformado desde la salida de la mujer al mercado de trabajo. La parcela privada ocupada por la mujer ha quedado desierta, no es el hombre, el padre quien ha asumido ese vacío. Las mujeres han salido de casa para ejercer otras actividades, pero los hombres no han entrado a la misma para compensar esa ausencia. Y en ocasiones, el ejercicio de la función paterna ejercida solo por parte de la madre, donde la condición de padre es la de ausente, carente, se torna complicada y agotadora, alejando, a su vez, a la mujer-madre de su deseo en su posición de mujer, en la que el niño no sea quien colme del todo el deseo de la madre, sino permitiendo el deseo, ante todo, de ser mujer antes que madre.
Por otro lado las nuevas modalidades de vínculos familiares o complejidad de los nuevos estilos familiares con familias ampliadas o fracturadas complican y llevan a la confusión y a la superposición de roles en modelos de paternidad que están quedando atrás, modelos que incluyen, en ocasiones una total ausencia de compromiso y de ligadura emocional con los hijos. Hoy la función paterna bien podría ser ejercida tanto por padres como por madres, modelo más acorde con los nuevos modos parentales en los que hay padres, en masculino, que también disfrutan de establecer ese vínculo emocional con sus hijos. Por tanto, se puede, aunque no sea fácil, y…el resultado siempre merece la pena.
Imágenes: Rosa Rosado
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