La presión social crece exponencialmente en fechas señaladas hacia el abismo de un consumo desenfrenado del que es casi imposible escapar. Al mismo tiempo se alzan (en estos tiempos de Black Friday, Fiestas Navideñas,…) otras voces que parafraseando a “filósofos” venidos a menos (podría incluirme) se quedarán (por poco tiempo) para despertar conciencias, en las que sus efectos durarán menos que lo que se tarda en sustituir (o volver a comprar) objetos que prometen la felicidad.
Son recetas bajo prescripción consumista para seguir comprando, para seguir sustituyendo los objetos que este síndrome consumista nos está inoculando, desplazando así la duración y ensalzando la fugacidad, lo que inevitablemente culmina con el mayor “basurero” de objetos que han dejado de ser objeto de deseo antes incluso de satisfacer su pago, porque el valor de la novedad supera a lo que es perdurable en esta industria de consumo.
No tenemos más que ver los espacios que proliferan de mercadillos o venta de segunda mano en las redes sociales o aplicaciones de internet. Son “basureros” que re-venden los objetos que han quedado obsoletos apenas deseados y que hemos desechado tan pronto como los hemos conseguido. Muchos de ellos sin haber sido usados, porque ya estamos pensando en comprar la última versión, pues este ya ha caducado, sin apenas haber visto la luz.
Para contrarrestar esta barbarie del consumo (y del despilfarro) se reivindica (en el Día de no comprar nada) una jornada para llamar la atención sobre los efectos que el consumo no responsable tiene sobre el medio ambiente, en defensa de un modo de vida en el que reflexionar acerca de que la felicidad no descansa sobre el hecho de comprar sino sobre las relaciones y las experiencias en las que tengan cabida los otros. Pero como cualquier Día de (del medioambiente, de la no violencia, de los derechos del niño,…) esta reivindicación (de un solo día) lejos de ser el punto de inflexión para crear conciencia en nuestra manera de consumir, que va más allá de las necesidades, de los deseos, y comprar “con cabeza”, “muere” apenas ha nacido.
Consumir, por tanto, puede llegar a consumirnos si nos ubicamos como hedonistas que solo respondemos a la llamada de los placeres, cuyo sentido encontramos en la pura consumación, un deseo que debe ser consumado lo más rápidamente, para volver a empezar.
Imágenes: Rosa Rosado
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