Destitución masculina o “feminización del mundo” hoy.

Más que una feminización del mundo contemporáneo, lo que parece existir es una destitución de la masculinidad, aunque se venga hablando desde algunos contextos de cierta “feminización del mundo”. Desde una concepción general esta expresión se entiende por el acceso de las mujeres a lugares que antes han sido ocupados por los hombres, aunque no quiere decir que esto sea un índice de feminidad, ni que tenga tampoco un carácter universal.

Si miramos atrás, la publicidad por ejemplo, cuando en un anuncio de cigarrillos o de coches, el rol del hombre hacía gala de su saber técnico en el ejemplo del coche y su saber seductor en el ejemplo de los cigarrillos. Han pasado ya algunos años y a pocos les gustaría identificarse con esa imagen falocéntrica. El hombre de nuestro tiempo ya no se regodea con la potencia fálica para aproximarse al Otro. Al contrario, muy pocos se identificarían hoy o tendrían éxito con una postura cuyo modelo fuera el “macho” prototipo de una época o tuviera las características de un héroe similar. Las cosas han cambiado hoy, un poco, afortunadamente.

Y las consecuencias de un cambio de posición se revelan en el hombre como alguien que tiene poco que ofrecer, que ha elegido tener poco para perder, que siempre defrauda al dejar la dimensión de la expectativa a las mujeres. Así, los hombres de nuestro tiempo han empezado a mostrar síntomas, que antes eran propios de las mujeres, como los celos, el miedo a perder el amor, su preocupación por la imagen física…

El psicoanalista y escritor argentino Luciano Lutereau, en un comentario de su entrevista, acerca de su libro “Ya no hay hombres”, comentaba sobre un paciente que después de su divorcio anunciaba “soltero de nuevo”, a lo que el analista, le interpeló “soltero o en adopción”. Señala este analista que en el mundo de la destitución masculina ya no hay hombres, en el sentido tradicional de la palabra, sino que vivimos en un mundo de vínculos infantilizados donde en hombres y mujeres reaparecen frustraciones y berrinches maternizados. En un mundo que solo ofrece la posibilidad de consumir a falta de tener experiencia, en un mundo donde el malestar entre los hombres y las mujeres supera el malentendido entre los sexos y se torna en una parodia de niños que juegan a ser novios.

Como hijos e hijas de un patriarcado que ha funcionado para perpetuar el imperialismo y la conquista de lo ajeno, la familia ha sobrevivido en un equilibrio entre el actuar femenino de la mujer y el actuar masculino del hombre. Pero el patriarcado está en crisis y va resquebrajando poco a poco la organización social, mientras que se va abriendo un escenario en el que los roles se ponen en cuestión.

Podríamos hablar de una crisis de identidad de género tanto para mujeres como para hombres. Las mujeres se han ido empoderando en contra de los roles que representaban en la cultura patriarcal, y al mismo tiempo asistimos a la crisis de la masculinidad, un escenario en el que los hombres han perdido sus referentes. Hoy, el hombre está en el punto de mira y no puede ir por la vida como un sexo privilegiado, el momento social actual le está obligando a reflexionar y a dejar de lado sus actitudes machistas.

Aún hoy a los hombres les cuesta compartir la experiencia interna, la fragilidad emocional, la tristeza, el miedo…porque nadie se lo mostró, ni siquiera aprendieron a nombrarlo. Ellos nunca pudieron llegar a ser esa mitad vulnerable, y necesitan sanar de esa herida ancestral hecha de sacrificio y de dureza. ¿Estamos las mujeres preparadas para acoger la vulnerabilidad del nuevo hombre? o por el contrario seguimos educando en el amor romántico, ese que hace que los hombres sigan buscando a su “princesa desvalida” y las mujeres a su “príncipe azul” que colme sus deseos.


Imágenes: Rosa Rosado

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