“No era esto lo que quería decir.”
¿Cuántas veces hemos pronunciado esta frase?
Quizá después de una conversación con nuestra pareja, con un amigo, con nuestros padres o después de enviar un mensaje que el otro ha interpretado de una manera completamente diferente a la que nosotros pretendíamos.
No hay un vínculo directo entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Las palabras no llegan al otro de una manera transparente. Algo se pierde, algo se transforma y, en ocasiones, aparece un sentido que ni siquiera habíamos previsto.
Quizá por eso podemos hablar durante horas y terminar diciendo:
—Pero si yo no he dicho eso.
Y escuchar como respuesta:
—Pues eso es lo que yo he entendido.
El malentendido aparece así en algo tan cotidiano como hablar con otro. Y no es únicamente un problema de comunicación que podamos resolver aprendiendo a expresarnos mejor.
Hay algo más.
Lacan lo formuló de una manera que puede resultar incómoda: “Usted siempre sabe lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó.”
Cuando hablamos no somos completamente dueños de nuestras palabras. A veces decimos algo que no pretendíamos decir, olvidamos una palabra, cometemos un lapsus o descubrimos, después de hablar, que nuestras palabras han dicho más —o algo diferente— de lo que queríamos expresar.
Para el psicoanálisis, esto no es un simple accidente.
El inconsciente también habla.
Y aquello que escuchamos tampoco llega a nosotros de manera completamente neutra. Cada persona escucha desde su propia historia, desde sus experiencias, sus deseos y sus expectativas.
En psicoanálisis hablamos de significantes. Las palabras no son simplemente algo que trasladamos de una persona a otra como si fueran un paquete cerrado. Cada significante adquiere sentido en una historia, en una cadena de palabras y experiencias que es propia de cada sujeto.
Por eso, cuando hablamos, algo llega al otro y algo, inevitablemente, se pierde o se transforma por el camino.
Y esto no ocurre únicamente con las palabras.
También podemos malentender un gesto, una mirada o un silencio.
Un silencio puede ser cansancio, enfado, miedo, necesidad de espacio o muchas otras cosas. Sin embargo, quien lo recibe tratará de darle un sentido. Y ese sentido puede coincidir, o no, con aquello que el otro quería transmitir.
El malentendido va más allá de lo que se dice.
Con nuestros padres
Quizá uno de los primeros lugares donde conocemos el malentendido sea nuestra propia familia.
Un niño puede sentirse poco escuchado aunque sus padres hayan intentado comprenderlo. Unos padres pueden estar convencidos de haber hecho todo lo posible y, sin embargo, su hijo haber recibido otra cosa.
No necesariamente porque alguien haya mentido o haya actuado mal.
Sencillamente, porque entre lo que uno quiere transmitir y lo que el otro recibe siempre existe una distancia.
También entre amigos
Con los amigos sucede algo parecido.
Un mensaje que no recibe respuesta. Una palabra que nos parece fría. Una invitación que interpretamos como poco sincera. Un silencio que rápidamente llenamos con una explicación.
“Está enfadado conmigo.”
“Ya no le interesa nuestra amistad.”
“Seguro que le ha molestado lo que dije.”
Pero ¿qué sabemos realmente de lo que el otro quiso decir?
A veces reaccionamos no tanto ante lo que el otro ha dicho, sino ante aquello que nosotros hemos escuchado.
Y especialmente en el amor
En la pareja, el malentendido puede adquirir otra dimensión.
Quizá porque esperamos del otro algo que ninguna persona puede ofrecernos completamente: que nos conozca hasta el punto de saber qué necesitamos sin que tengamos que decirlo.
“Si me quiere, debería saberlo.”
“Si realmente me conociera, no tendría que explicárselo.”
“¿Cómo puede no darse cuenta de lo que me pasa?”
En estas frases aparece una ilusión muy humana: la de que el otro puede completarnos, comprendernos por entero y responder exactamente a aquello que esperamos.
Pero el otro es otro.
Tiene su propia historia, sus propios deseos y su propia manera de estar en el mundo.
Aceptar esto no significa renunciar al vínculo. Significa reconocer que delante de nosotros hay un sujeto diferente de nosotros, alguien a quien nunca podremos comprender completamente.
Y aquí aparece también la cuestión de la responsabilidad.
Yo soy responsable de lo que digo, pero no de lo que el otro entendió.
Cada sujeto escucha desde su propia historia, desde sus experiencias, sus deseos y sus expectativas. Por eso, aquello que yo digo puede adquirir para el otro un sentido que no era el que yo pretendía.
Entender que el malentendido es inevitable y, aun así, estamos condenados a relacionarnos.
Porque el otro importa.
Quizá de eso se trate también en nuestros vínculos: de reconocer que nunca podremos comprender completamente al otro y, sin embargo, seguir teniéndolo en cuenta.
Malentendernos para no desatendernos.
Imagen original desarrollada en diálogo con inteligencia artificial.
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